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¡Salve viajeros y amantes del conocimiento! Bienvenidos sean al sitio Historias del Orbis Terrarum, revista histórica dedicada a los Estudios Clásicos, Medievales, Árabes y Bizantinos.

El portal se abre con el fin de apoyar estos campos de estudio en Chile, generando mayor diálogo entre estudiantes y académicos. Asimismo, el sitio pretende establecer una mayor difusión entre aficionados e interesados en la materia.

La idea de la Revista es reflejar estudios globales y minuciosos en torno a los temas clásicos y medievales, generando vínculos interdisciplinarios que nos ayuden a comprender la Historia como un todo interconectado y no cercenado en áreas reduccionistas. En este sentido, el enfoque estará dado por el constante vínculo con otras áreas de trabajo como la literatura, el arte y la filosofía, lo que permitirá obtener miradas más amplias y mayores perspectivas de análisis.

Ahora bien, la Revista al realizar una mirada al pasado, busca crear un conocimiento que nos permita comprender el vínculo de la antiguedad con el presente, recogiendo pensamientos, valores y legados a través del tiempo.

El sitio fundamentalmente ha sido elaborado por estudiantes universitarios y mantiene el apoyo de connotados académicos de estas áreas de estudio.

Respecto a las publicaciones, los estudiantes universitarios están cordialmente invitados a enviar sus ensayos e investigaciones para que sean publicados en la revista, como material educativo gratuito sin fines comerciales.



Pablo Castro H.
Estudiante de Licenciatura en Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile

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Tercer Número de Orbis Terrarum: “Política, Cultura y Religión. Estudios y Problemáticas de la Antiguedad y la Edad Media”


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Santiago, 2008-2010

Última actualización: Martes 19 de enero de 2010

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Busto de Platón

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Por Sebastián Guijarro Núñez*


Uno de los pasajes más conocidos de los textos de Platón es, sin lugar a dudas, el mito de la caverna. Este símil representa el camino que deben seguir las personas cuyas habilidades innatas han hecho que sean educados para llegar a ser gobernantes de la polis. El relato es expuesto por el Sócrates de la República en el comienzo del Libro VII de esta obra, mediante el diálogo (contado por él mismo) que sigue con Glaucón sobre el más grande conocimiento que deben aprender y al que se deben aplicar aquellos que serán guardianes del estado construido.


Indica a su interlocutor que imagine una caverna en la cual hay personas encadenadas de manera que sólo pueden mirar hacia el interior de la caverna. Le pide que suponga también que detrás de ellos, hay un gran fuego y que entre éste y aquéllos sólo se interpone un tabique como de titiritero. A lo largo del tabique pasan otras personas con figuras de hombres y animales, algunas de las cuales van en silencio y otras hablan. Las sombras de todo esto se proyectan en el fondo de la caverna. Sócrates dice que como los prisioneros solamente ven las sombras y escuchan los ecos de las voces de quienes portan las figuras, creerán que son aquéllas las cosas realmente existentes y que los sonidos los producen ellas mismas.


Supone luego que uno de los cautivos es desatado y llevado hacia donde está el fuego: el camino es difícil y la luz le impide ver bien, primero; podrá luego contemplar los objetos, pero creerá que las sombras que antes apreciaba eran más reales que éstos. Finalmente, si se le obliga mirar a la hoguera sentirá dolor en los ojos, porque sólo habían visto antes oscuridad.


Si es tomado, posteriormente, y obligado a avanzar por la caverna hacia fuera de ella, con mucha dificultad llegaría al mundo exterior, iluminado por el sol, y no podría ver mucho, dado que sus ojos quedarían encandilados por tanta claridad. Conforme se vaya acostumbrando a la luz, podría ver sombras, luego reflejos, y finalmente las cosas mismas. Cuando ya sus ojos estén más habituados a este ambiente tan luminoso, podría incluso mirar el cielo: al comienzo sólo iluminado por la luna y las estrechas, más tarde iluminado por el sol. En un último momento podría dirigir la vista directamente hacia este astro y contemplarlo tal cual es. Pasado un tiempo, tras pensar sobre todo lo que ha visto, llegaría a la conclusión de que el sol es la causa de todo, incluso de lo que observaba en la caverna. Concluyen los dialogantes que este hombre tendría un desapego muy grande de lo que los prisioneros en el interior de ella consideraban bienes (los honores para el que reconociera las sombras y recordara el orden en que lo hacían, el poder y la honra de los hombres más poderosos y honrados, et caetera).


Después de haber inventado el ascenso, propone el descenso del hombre liberado hacia el interior de la caverna. Señala que sería muy torpe, pues sus ojos, habituados a la luz del sol, no verían sino tinieblas. Además, si discutiera sobre las sombras con los demás prisioneros, éstos se reirían de él creyendo que sus ojos se han estropeado por haber salido de la cueva.


En seguida, Sócrates interpreta el mito que ha relatado, indicando que representan en la realidad. La caverna representa el mundo sensible. La hoguera viene a ser el sol y el prisionero liberado que asciende es el alma que se eleva hasta la “esfera inteligible (517b)”. El sol del mito es el bien en la realidad, pues comparten la semejanza de ser causa de lo que existe: así como el sol es la causa de lo que hay dentro y fuera de la caverna, el bien es la causa de todo lo bello y recto que hay en el universo. De la idea del bien procede el sol y su luz, en el mundo visible; y en el invisible, es ella quien engendra la verdad y la inteligencia. Así, el que quiera conducirse con sabiduría en su vida y en el gobierno de los demás, debe tener su mirada fija en esta idea. Dice también que los que han llegado a este punto de contemplación del bien, no quieren sino alejarse de los negocios humanos y sus almas sólo aspiran a quedarse en ese lugar iluminado por el bien. Si alguno de ellos tuviera que pasar de la contemplación a ocuparse de los objetos del mundo visible, habría que darse cuenta que la causa de su ceguera es su venida desde un mundo luminoso a otro más bien sombrío, y no habría que burlarse de él sino felicitarlo. Distinto es el caso del que está enceguecido por pasar de este mundo al de la idea del bien.


De todo lo anterior, Sócrates infiere que la ciencia no se aprende mediante la enseñanza (haciéndola entrar en el alma del otro). Todos tienen la potencia de aprender: la educación consiste en que el órgano de esta facultad sea habituado a mirar en la dirección adecuada: la contemplación de lo que es. No consiste en darle la facultad de ver, sino en que se dirija a la idea del bien de manera eficiente y eficaz. Concluye afirmando que esta facultad no pierde su potencia, sino que sólo se hace útil o inútil según la dirección que se le dé.


En el caso del símil de la línea, Sócrates hace una división entre el mundo de lo visible y el mundo de lo inteligible, cosa que ya había insinuado en la comparación de la idea del bien con el sol. Pide a Glaucón que imagine una línea cortada en dos partes desiguales y cada una de estas partes cortadas en la misma proporción. En la primera de ellas, en el mundo visible, se tienen las imágenes (sombras, reflejos de los objetos corporales), mientras que en la otra, se tienen los objetos mismos, esto es, aquellos que son representados por las imágenes. Propone entonces la siguiente proporción: las imágenes son a los objetos, como la opinión es a la ciencia. Luego propone la división del mundo inteligible. En la primera, la más cercana a los objetos del mundo visible, están aquellas cosas que el alma alcanza mediante aquéllos (aunque, de hecho, sus razonamientos no los tengan por objeto, sino más bien a las figuras que representan), partiendo de ciertas hipótesis que consideran como principios que no requieren ser demostrado (son evidentes), para llegar a conclusiones más alejadas. En el último segmento, Sócrates sitúa las ideas puras, que el alma conoce por medio del poder dialéctico, proponiendo hipótesis como meras suposiciones para llegar a los principios, desde los cuales desciende a conclusiones más alejadas. La principal característica de este conocimiento es que no se apoya en cosas sensibles, sino en ideas puras. Finalmente, afirma que las partes de la línea se asemejan al objeto de cuatro operaciones del alma: noésis (intelección), diánoia (pensamiento discursivo), pístis (creencia) y eikasía (conjetura). Las dos primeras están en el ámbito de la epistéme; las dos últimas en el ámbito de la dóxa. Hasta aquí la exposición de lo que dice el texto.


Hecha ésta, resulta evidente la semejanza que tienen ambos pasajes propuestos para este trabajo. Por un lado, en la línea, se exponen las operaciones, podría decirse, cognoscitivas del alma y sus objetos; por otro, cómo estas operaciones se suceden en el camino de los que llegan (o intentan llegar) al conocimiento superior del que se había venido hablando en el Libro VI de la República. El filósofo, en su ascenso, pasa sucesivamente por los cuatro niveles de conocimiento: primero apegado a lo sensible, viendo sólo sombras; luego refiriéndose a los objetos que proyectan dichas sombras y que, de alguna manera, son en mayor grado que las figuraciones; más adelante, llegando a observar, con dificultad, los objetos reales mismos y no estatuas o réplicas de ellos; finalmente, llegando a ver con toda claridad las cosas mismas. En este sentido, hay entre la línea y la caverna, la relación entre las ramas de una parábola.


No obstante, se agregan en el mito del libro VII dos elementos relacionados ya no con la visión estática de las operaciones, sino con el proceso (dinámico) de pasar del uso de una a otra. El primero tiene relación con la dificultad que hay en el ascenso y en el descenso, movimientos imprescindibles en la vida del filósofo. Lo segundo se trata de la visión del fuego y del sol (en el antro subterráneo y en el mundo real, respectivamente). Esto último, según la interpretación socrática, equivale a ver la idea misma del bien.


Sobre el ascenso y el descenso, se expone que son costosos y no libres, esto es, se obliga al cautivo a subir al mundo exterior y, una vez afuera, se le fuerza a retornar al antro subterráneo. Esto es reflejo, obviamente, de las dificultades que debe enfrentar el filósofo en su vida para intentar acceder a la idea del bien que es causa de todo lo que existe. En efecto, poner en una operación superior al alma supone todo un proceso de acostumbramiento al ejercicio de dicha operación, debido obviamente al hábito de emplear una inferior. El obrar de la persona tiende a fijarse o estabilizarse: por eso tanto para el que sólo ha hecho conjeturas, como para el que ha entendido las ideas, es muy costoso ocupar una facultad cognoscitiva distinta. Por tanto, en este escarpado camino es importantísima la figura de una persona que ayude al alma a liberarse de las ataduras de la caverna y la ayude (fuerce, si es necesario) a llegar al conocimiento más grande. Esto no sólo por el bien del propio filósofo, sino también por el de la polis. Recordemos que hasta el momento se había dicho que sería gobernada por aquellos que tuviera aptitud natural para hacerlo y éstos han de ser precisamente aquellos que tuvieran conocimiento cierto del bien. En efecto, habrá obviamente personas que se dediquen en dicho estado a conducir a algunas personas por el sendero hasta el mundo de las ideas. Luego, como han visto la causa y el fin de todas las cosas, podrán dedicarse al gobierno. El problema de esto es que, como se señala en el texto, los filósofos que han llegado a este conocimiento no se sentirán atraídos por el poder o los honores ‘de la caverna’, de modo que habrá que forzarlos a bajar para cumplir la función que dio paso a su ascenso, de manera que retribuyan el gran bien que el estado les ha hecho a ellos.


Respecto de la visión del sol y del bien, en el símil de la línea no queda bien claro si se produce un acto cognoscitivo de ellos. Por lo menos en el caso del bien no sucede, pues no es posible acceder a él discursivamente, modo como se describe la intelección al finalizar el Libro VI (mientras en 511b se señala que la intelección se produce partiendo de meras suposiciones para llegar a los principios y luego descender a conclusiones más remotas, en 517d-e se había señalado que el filósofo no podrá explicar a los cavernarios la idea que él ha visto del bien; obviamente no es posible explicar discursivamente aquello de lo cual procede la verdad y el ser de todo cuanto existe: sólo puede entenderse después de haberlo visto).


Sin embargo, al finalizar el ascenso del cautivo, desde el lugar donde se encontraba encadenado, después de poder dirigir su mirada al cielo y al reflejo del sol en el agua, el texto señala que puede ver directamente el sol y contemplarlo, y después de un acto reflexivo, concluir que es la causa de todas las cosas. En este sentido, Sócrates da un paso más allá del que había dado en la línea, como queda claro. El final del proceso del alma que se eleva al mundo de las ideas es la contemplación de la idea misma del bien, a la que no se accede dialécticamente, mediante razonamientos, sino por una visión directa e inmediata.


El efecto que lo anterior produce en la persona es hacerlo competente para la conducción de la ciudad: como se señala en 520c-d, cuando los ojos de los que ascendieron se hayan familiarizado nuevamente con las sombras de la caverna, verán mucho mejor que todos, pues distinguirán mejor las imágenes y los objetos del mundo sensible. Esto es muy consistente con lo que se ha venido señalando, pues quienes han visto el bien y la verdad de lo justo, lo noble, lo bello, deben necesariamente poder determinar con mayor facilidad qué cosas son justas, nobles y bellas, pues participan de las formas que se ha contemplado fuera de la caverna.


Lo que se ha planteado hasta aquí es la progresión de los ‘discípulos’ en el camino del conocimiento, pasando por el uso de las cuatro operaciones en orden, a través de un camino muy difícil para llegar a contemplar la idea del bien, perdiendo hábitos de ocupar una inferior para dedicarse al ejercicio de una superior. En el fondo, es el plan de estudio que propone Platón para la formación de quienes deben dedicarse a la conducción del estado. Lo que agrega este autor y que no hizo Sócrates, es que no puede permitirse a los filósofos a mantenerse siempre en el mundo de las ideas. Deben descender para hacerse cargo del deber que tienen, en parte, para retribuir a la polis lo que ha hecho por ellos. En esto último, me parece, se encuentra la diferencia entre Sócrates y los filósofos de la República de Platón. En la polis griega del Sócrates histórico, no fue el gobierno quien lo condujo al conocimiento del bien, sino él por sí mismo. El pasaje de 520a-b es muy claro al señalar: “en otros estados puede excusarse a los filósofos que evitan la molestia de los negocios públicos, porque deben su sabiduría solo a sí mismos”.


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* Sebastián Guijarro Núñez es estudiante de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Columna de Trajano

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Por Nicole Larrondo*


El Arte y la Arquitectura sin duda fueron elementos importantes a la hora de darle un carácter unitario al Imperio Romano, así como también ocurrió durante el período helenístico.


A modo de contextualizar, me parece pertinente retroceder brevemente en el tiempo para poder explicar en forma general, de dónde se basaron (probablemente) los romanos a la hora de conseguir algún modelo que los guiara para la expansión de la imaginería romana por los territorios ya conquistados.


Alejandro Magno, al continuar con la obra expansionista de su padre, Filipo II, conquistó grandes territorios, dejando su huella por donde pasara, concentrándose principalmente en las zonas al oriente del Mediterráneo, y más allá de éste abarcando hasta el Punjab, India. A su paso iba fundando y refundando ciudades, siendo muchas de ellas en honor a sí mismo nombrándolas Alejandría. Aunque en muchas ciudades se le ofrecía resistencia, una vez doblegadas y pacificadas, Alejandro le ofrecía a las autoridades de cada pueblo o ciudad la mantenencia de su poder pero solamente con un cambio fundamental: por ejemplo, en la zona de Persia se formarían Satrapías, unidades territoriales las cuales estarían dirigidas por su respectivo sátrapa[1]. Estas nuevas unidades territoriales (las cuales muchas veces se basan en unidades territoriales preexistentes) conservan su estructura jerárquica-territorial original, pero ahora este sátrapa sería vigilado por un guardián griego quien mantendrá y representará la cultura venida con Alejandro Magno a la zona, influenciándola constantemente: llevará a su gente y se establecerá en el territorio que le tocó vigilar, imponiéndose así una cultura griega aristocrática ante la originaria, creándose así una cultura paralela en la misma región.


Rendirle culto a la imagen de Alejandro se volvería cada vez más habitual a medida que fuera penetrando hacia el Oriente. Su imagen evocaría los valores y tradiciones greco-macedónicos implícitos en su figura. Ya se verá que en Egipto será recibido y adorado como un Faraón, como en el resto del territorio persa, conforme pasa el tiempo, empezará la práctica de la proskynesis[2] hacia Alejandro. Todo esto, llevará a que los artistas tengan como propuesta visual una propaganda a favor del conquistador, en donde se enaltece el culto a la personalidad, la gloria al héroe[3], rasgos que posteriormente se evidenciarán también en la cultura romana.


Además de unificar, aunque sea tan solo en las altas esferas de las ciudades, a través de su imagen y de la administración político-territorial, también lo hizo por medio del griego koiné[4], siendo este un elemento cohesionador importante que perdurará gran parte del período Helenístico. Es más, la koiné será un elemento tan predominante en la zona, que el latín, cuando llegue el momento de las conquistas romanas, jamás logrará desplazarlo completamente.


El período Helenístico empieza tras la muerte de Alejandro Magno hasta la muerte de Cleopatra y se entiende como un período de transición entre lo más alto de la cultura griega y lo más alto de la cultura romana.


Cuando Roma empezó a expandirse a través del Mediterráneo, su imperio fue creciendo cada vez más y más; ya no solamente abarcando lo que alguna vez abarcó Alejandro Magno, el Mediterráneo Oriental y Medio Oriente, sino que también lo que era la zona del Mediterránea Occidental y sus respectivos interiores.


Ante un imperio que abarcaba un territorio tan grande, era necesario administrarlo eficientemente y darle una unidad, haciéndola parte de Roma.


El llamado proceso de romanización, que varios autores han definido y trabajado[5], es un proceso de larga duración, gradual y natural que fue necesario que se diera en pos del mantenimiento del Imperio, proyectando y conectando la ciudad con el resto del imperio, manteniendo una relación de bidireccional entre Roma y sus provincias para así proyectar la humanitas (la civilización) a todos los confines del territorio imperial, siendo esta, según Mommsen[6], la misión de Roma.


Este proceso, si bien ya había empezado con anterioridad a la crisis de la República cada vez que Roma conquistaba una nueva provincia, se acentúa aún más bajo la mano del primer emperador del imperio, Octavio Augusto, quien durante casi medio siglo gobernando, logrará pacificar la Península Itálica y buena parte del territorio conquistado, decretando ya en el 17 a.C. la pax Augusta[7]. Gracias a esto, Roma pudo aplicar una forma de “imperialismo romanizador”[8], dejando de lado la política exterior ofensiva y centrándose en preservar lo ya obtenido. Así, “la Urbs, con su fuerza atractiva, proyectó su cultura y estilo de vida”[9].


Por lo demás, “la noción de romanitas es además un principio de <identidad de valor universal> que significa sentirse partícipe de una cultura propia”[10]. En este punto, es cuando el arte y la arquitectura romana empiezan a ser personajes activos a la hora de crear una identidad y una unidad no tan solo visual sino también cultural.


Muchos son los elementos claves que se irán repitiendo en diferentes ciudades y regiones del imperio, como por ejemplo, imágenes del emperador, arcos de triunfos, columnas, estelas y edificaciones de gran envergadura, como termas, baños y teatros.


Las imágenes de emperadores colocadas a lo largo y ancho del imperio claramente eran símbolos de poder personalista los que hacían soberanía en cada punto en donde eran colocados. Era necesario para lograr la unidad entre Roma y las provincias la identificación del emperador, puesto que debía ser reconocible para el provinciano, entender que más allá de ser un concepto intangible, el emperador efectivamente tenía cara y cuerpo: tenía una figura y rasgos reconocibles, los cuales eran humanos, pero a la vez representaban todas las cualidades dignas de un romano, “la virtus, clementia, iustitia y pietas que fueron atributos propios de los grandes nobles y romanos”[11]. De esta forma, las imágenes de los emperadores a través de sus gestos, posturas, ropajes y expresiones faciales serán capaces transmitir a quien las vea, estas esencias que configuran, según lo que ellos consideraban, el verdadero carácter romano. Por lo mismo, esculturas de los emperadores se pueden encontrar en muchas partes puesto que su finalidad era, por así decirlo, ejercer soberanía a través de su imagen y figura del princeps. Ejemplos de lo anteriormente expuesto, se puede apreciar en piezas escultóricas como la Estatua de Octavio Augusto de Prima Porta encontrado en Villa de Livia [A] y otra Estatua de Augusto de la vía Labicana, en donde es representado como pontífice máximo [B] así como también a través de las monedas con la cara del emperador grabadas en ellas, las cuales circulaban de mano en mano a lo largo del imperio [C].


Por el contrario, los bustos si bien buscaban reunir todas las características previamente nombradas, su función era distinta que la que tenía la escultura y la pintura. La función del retrato en Roma principalmente era con fines de recordar a los antepasados. “Fue costumbre llevar imágenes de los antepasado, moldeadas en cera, en las procesiones funerarias. Apenas cabe dudar de que este uso haya estado en relación con aquella creencia del Egipto antiguo según la cual la imagen de las personas conserva su alma. Posteriormente, cuando Roma se convirtió en un imperio, el busto del emperador siguió siendo contemplado con religioso temor”[12]. Como dato a considerar, es notable como Roma dentro de sus conquistas tuvo la capacidad de tomar, preservar y hasta superar elementos tomados de los pueblos que habían conquistado. En la cita, aparece nombrado Egipto de donde Roma saca la relación imagen-alma, pero también cabe destacar que la tradición retratista, si bien esta implícita en todas las culturas, es visible que existe una filiación entre el busto griego con el romano, cuya diferencia se puede apreciar en las expresividades y rasgos, en donde el busto romano en contraposición al griego existe una mayor verosimilitud aunque un menor encanto de las formas[13]. Como ejemplos, se pueden comparar la Cabeza de Alejandro Magno, hecha por Lisipo (c.325-300 a.C.) [D] y el busto del Emperador Vespasiano (h.70) [E].


Otro elemento que sin duda aparece en muchas partes del imperio son los arcos de triunfo. Si bien los arcos de triunfo [F] ya existían durante la República como forma de honrar y glorificar a sus generales y sus legiones vencedoras, durante el Imperio también serán usados como forma de agradecimiento por parte del pueblo al emperador, como por ejemplo, el arco de triunfo construido en Ancona en agradecimiento a Trajano por las mejoras implementadas en la zona. “Los arcos de triunfos utilizan los órdenes para enmarcar y acentuar el gran paso central, así como flanquearlo con aperturas más estrechas”[14]. Más allá del uso del arco del triunfo, también empieza a aparecer en reiteradas veces el uso del arco en sí, siendo usado tantas veces como recurso arquitectónico que lógicamente llegó a ser un elemento asociado a la presencia romana.


La utilización del arco también trajo cambios y mejoras en la forma de construir romana, apropiándose de este estilo. Si bien el uso del arco inscrito en otras construcciones también fue usado entre los griegos, no fue muy utilizado. Fue la perfección con que los romanos llevaron a cabo las edificaciones en base a arcos que muy pronto pudieron construir en base a ellas: bóvedas como la del Panteón [G] o la construcción del Coliseo [H] no hubieran sido concebidas sin este estilo y adelanto arquitectónico. Nuevamente es notable el uso de recursos griegos en pos de un fin romano. Si se estudia detalladamente la forma en que fue construida, se puede observar la combinación en sus columnas del uso del dórico en el primer piso, jónico en el segundo piso y en el tercero y cuarto piso de semicolumnas corintias[15].


Por último pero no menos importante, me referiré en esta pequeña antología artística y arquitectónica a la Columna de Trajano [I].


Esta gran columna, según mi parecer, es un elemento clave a la hora de poder concebir la romanización, puesto que reúne todos los elementos: es pública, puede ser vista por todos (sean ciudadanos o extranjeros), tanto por su ubicación como por su gran tamaño. Ejerce una fuerte presencia de soberanía, siendo esta columna coronada en un principio, por un águila que simbolizaba la fuerza del ejército romano, pero que luego fue reemplazada por una imagen del mismo emperador Trajano. La columna conmemora el triunfo y conquista del emperador frente a Dacia y es el lugar en donde descansan sus cenizas.


Además de las características señaladas, lo novedoso e interesante de la columna, es que tiene como principal fin comunicar, narrar el triunfo de Trajano en la zona de Dacia, pero a modo de película o historieta. Se entiende entonces, que existe una necesidad de comunicar por parte del emperador, y de querer “verlo todo con los propios ojos, como si uno mismo estuviera presente”[16], por parte de los ciudadanos, de ese “placer por el detalle anecdótico, que <interesa porque es verdad> y por ese afán por describir un acontecimiento memorable de la manera más plástica y pormenorizada posible”[17], presentándose aquí lo que será a futuro un antecedente representacional en el arte cristiano, lo que Wickhoff califica como “arte continuo”[18] y la necesidad de “servirse de la imagen como medio expresivo, mucho más explícito, inmediato y espontáneo que puede ser la palabra”[19], siendo este método efectista a la hora de poder mantener comunicados a toda la población, incluyendo la más pobre y analfabeta, de los logros hechos por su emperador y ejército para así, mantener siempre arriba la moral romana.


En síntesis, se puede concluir que el arte y arquitectura romana fue un elemento impulsador importante dentro de la romanización, sobretodo en la etapa del imperio, en donde era necesario cohesionarlo, dándole una unidad política, social y cultural, siendo un rasgo distintivo la necesidad de identificarlo, entregándole una imagen representativa a Roma, utilizando para esto, recursos visuales y estructurales tan básicos y pregnantes como el arco de medio punto y construcciones que exacerban la utilización de este elemento, terminando por identificarse mediante del reiterado uso que los arquitectos romanos le dan.


También es importante los factores comunes que existen entre la Grecia clásica, el helenismo y Roma, que aunque su antecedente directo es más bien el arte etrusco, se pueden encontrar un sinfín de referentes y similitudes visuales que sin duda, los romanos aprovecharon de cada uno de los pueblos conquistados.


Por desgracia, hubo varios temas que quedaron sin tocar en este ensayo y que por falta de espacio (creo, que además solo tocaba tangencialmente el tema de mi ensayo) más que de por tiempo me fue imposible tocar, pero que de igual forma me gustaría nombrar aunque sea de pasada y sin profundizar mucho en esta conclusión.


Importante fue el tema de la restauración de la república que Augusto llevó a cabo, siendo de prioridad el tema de la renovación de la religión, de la virtus y del honor del pueblo romano, los cuales habían decaído fuertemente siendo éstos los causales de la crisis de la república, una crisis concebida principalmente desde el plano moral. Por lo mismo, Augusto planeó una de las reformas culturales más importantes de las que se hubiera concebido en Roma, siendo los puntos centrales de su programa entregar un nuevo énfasis dado a lo religioso y una restauración de la Publica Magnificentia y del virtus romano.


Lo primero, se vería reflejado en la restauración y construcción de nuevos recintos para la adoración de los dioses (así fue como se construyó el Panteón con la ayuda de Agripa), puesto que una de las razones de la crisis romana, según Augusto, fue por la indiferencia de los hombres hacia los dioses.


Puesto que la restauración y edificación concerniente a lo religioso quedó en manos de Augusto, fue necesario delegarle la renovación y edificación de las construcciones civiles a otra persona. Esta tarea fue asignada a Agripa, quien se encargo en la recuperación y construcción de acueductos, fuentes, baños y alimentadores de agua como lo que sería el Aqua Vigo.


Esta separación de los deberes entre Augusto y Agripa será significativa, pues se estará separando lo religioso de lo secular, punto no menor, siendo que la religión romana era entendida como una religión cívica, que se entrelazaba directamente con las leyes y lo terrenal (el culto a la Diosa Roma puede ser un buen ejemplo de ello). Por último, es importante señalar que efectivamente existió una comisión encargada de la supervisión de los grandes proyectos, para así guiar una unificación visual para su identificación, como una especie de imagen corporativa la cual debían crear, recrear y mantener[20].


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* Nicole Larrondo es Licenciada en Arte y Estudiante de Licenciatura en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.



[1] σατράπης, “protector de la tierra”.

[2] προσκύνησις, acto de postrarse hacia una persona de rango social más alto.

[3] Arnold Hauser, “Historia social de la literatura y el arte”, vol. I (Madrid, Ed. Guadarrama, 1964) p.153

[4] Κοινή, “común”, siendo éste un griego mucho más fácil de entender y hablar aunque menos sofisticado que el griego clásico del siglo V en Atenas.

[5] Alejandro Bancalari explica en su libro “Orbe Romano e Imperio Global. La romanización desde Augusto a Caracalla” el proceso de Romanización. Me ceñiré a su postura para explicar tal proceso y sus consecuencias, puesto que en su texto explica de forma clara un proceso tan complejo como éste, ajustándose precisamente dentro del marco de la presente investigación.

[6] Alejandro Bancalari, Orbe Romano e Imperio Global. La romanización desde Augusto a Caracalla” (Santiago, Ed. Universitaria, 2007) pp. 69-70.

[7] Me es necesario hacer una diferenciación aclaratoria entre pax romana y pax augusta: La pax romana se conoce una larga época (del 30 a. C. al 180 d. C.) en que los territorios conquistados por el imperio vivieron un período de relativa paz y seguridad. Esta estabilidad benefició mucho a la economía y al comercio mediterráneo y afianzó los lazos culturales e institucionales que los romanos establecieron con los pueblos ocupados, mientras que en el año 17 a. C., Octavio decretó la pax augusta en todo el mundo civilizado. Con ella garantizaba la estabilidad y la seguridad de todo el Mediterráneo para el tráfico comercial. Durante esta época, las provincias de ultramar disfrutaron de un crecimiento económico sin precedentes, por lo que se desprende de que la pax augusta fue la continuación y consolidación de la pax romana, además de que con el cambio de nombre se está personalizando un proceso de rasgos positivos con un sujeto en específico. Estas pax, solo se referían al interior del imperio, por lo que se entiende que existían conflictos en los limes romanos y fuera de ellos, como por ejemplo, la guerra que se libró con los partos. Véase en http://www.euroaventura.net/castella/homecast/lasal/denario/

[8] Ibíd., p.43

[9] Ibíd., p.43

[10] Ibíd., p.57

[11] Ibíd., p.141

[12] E. H. Gombrich, “La Historia del Arte”(Nueva York, Ed. Phaidon, 1997) p.121

[13] Ibíd., p.121

[14] Ibíd., p.119

[15] Ibíd., p.117

[16] Arnold Hauser, Op.cit. p. 143

[17] Ibíd., p.143

[18] Ibíd., p.144

[19] Ibíd., p.145

[20] En la última parte me base de la lectura de: Paul Zanker, “The Augustian Program of Cultural Renewal” part one and two.
http://www.uark.edu/ua/metis2/zanker/zanker_txt.html, consultado el 27 de Junio del 2009

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ANEXO:

A- Estatua de Octavio Augusto de Prima Porta encontrado en Villa de Livia

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B- Estatua de Augusto de la vía Labicana

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C- Moneda con la cara del emperador

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D- Cabeza de Alejandro Magno, hecha por Lisipo (c.325-300 a.C.)

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E- Busto del Emperador Vespasiano (h.70)

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F- Arco de Trajano c.100 d.C., Timgad, Argelia

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F- Arco de Tito, s. I, Roma

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G- Bóveda del Panteón

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H- Coliseo de Roma

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I- Detalle de la Columna de Trajano

La Revista Electrónica Historias del Orbis Terrarum invita cordialmente a estudiantes universitarios y académicos, de las diferentes disciplinas de humanidades, a escribir ensayos, monografías e investigaciones para el cuarto número de la revista.


En esta cuarta publicación el tema que se ha establecido es libre (lo que considera aspectos políticos, económicos, culturales y/o sociales de la Antigüedad y/o la Edad Media).


La fecha de recepción de los trabajos culmina el 06 de marzo de 2010. Los escritos deben enviarse a la casilla electrónica historiasdelorbisterrarum@gmail.com, con los datos solicitados en los formularios y bases de postulación. El no completar o respetar las bases solicitadas, puede conllevar a que el escrito que postula no sea considerado dentro del concurso.


Inicio de postulación: 19 de enero de 2010.

Fecha de recepción: 06 de marzo de 2010.

Resultados: entre el 14 y 21 de marzo de 2010 (cada participante será notificado con un correo electrónico a su casilla personal).


Cualquier consulta acerca del concurso o cómo postular, no dude en escribirnos a nuestro correo.


Para más información:

Ver sección de colaboración en el sitio con los formularios y bases.

Aristóteles

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Por Carmen Winter Barros*

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Hasta Aristóteles, las tragedias griegas –célebres obras de la antigüedad clásica– entre las que se cuentan Edipo Rey, Antígona o Ifigenia, carecieron de una teoría y crítica sistemática. Fue el mismo Aristóteles quien, en su libro “Poética”, efectuó por primera vez una magistral síntesis de este singular paradigma y elaboró una serie de instrucciones para la composición de una buena tragedia. Sin embargo, el contenido que le dio el Estagirita a la misma y, particularmente, a dos elementos fundamentales en ella: la katharsis y la mimesis, fueron blanco de críticas posteriores. En efecto, numerosos filósofos se pronunciaron al respecto, entre otros Averroes, Nussbaum, Kant, Hegel y Heidegger. Tampoco se quedaron atrás escritores, como Jorge Luis Borges y Umberto Eco, psicólogos, médicos y religiosos, tanto cristianos como islámicos.


La cuestión que desencadenó, en definitiva, tal revuelo es la siguiente: la katharsis o purificación de las pasiones del espectador en la tragedia griega: ¿es una purificación moral?[1] Es decir, ¿hay una intención, mediante la misma, de instrucción al comportamiento ético del espectador y, de esta manera, una correlación entre Ética Nicomaquea de Aristóteles y Poética? ¿O, por el contrario, es una purificación puramente estética?


En las siguientes líneas se llevará a cabo un acercamiento a posibles respuestas en torno a esta problemática en Aristóteles. No obstante, debe aclararse que se hará una reinterpretación en base al fragmentado texto “Poética”, pues en lo que refiere a la explicación de la katharsis Aristóteles ha abierto el problema indicando que posteriormente lo analizará con mayor detención, pero carecemos hoy día de dicho análisis (por un descuido del autor o por una pérdida del documento inicial con ese contenido, no sabemos). Posteriormente, se abrirá la discusión en torno al alcance actual e implicancias que tienen estas cuestiones. Al respecto se efectuará una breve reflexión.


Problemáticas que suscita la tragedia griega y la katharsis aristotélicas


Resulta necesario, en primera instancia, comprender a qué se refiere Aristóteles con “tragedia”:


(…) Es, pues, la tragedia imitación de una acción esforzada y completa, de cierta amplitud, en lenguaje sazonado, separada de cada una de las especies [de aderezos] en las distintas partes, actuando los personajes y no mediante relato, y que mediante compasión y temor lleva a cabo la purgación de tales afecciones (Poética, 1449b, p.145).


Estas primeras aproximaciones vislumbran el contenido del concepto katharsis como una purgación de las afecciones de compasión y temor. Es componente mismo de la tragedia, por ende, el efecto que ella quiere realizar en el espectador. El público forma, en ese sentido, parte esencial del proceso trágico percibiendo tales emociones. Ahora bien, ¿qué fin tiene la participación directa del espectador? ¿Educarlo moralmente o una purgación estética, sin fines morales?


Luego, interesa el concepto de mímesis ­–o imitación–  para el Estagirita, pues, como fue dicho anteriormente, la tragedia es particularmente imitación de una acción. Menciona Aristóteles algo relacionado a esta imitación, a saber, que “(…) la tragedia es imitación, no de personas, sino de una acción y de una vida, y la felicidad y la infelicidad están en la acción, y el fin es la acción”.[2] De esto se extrae que mímesis –al ser imitación de una acción en la que está en juego la felicidad y la infelicidad– sería la reproducción, mediante la acción, de valores por parte de los actores de la tragedia. Al respecto, surge una pregunta semejante a la anterior: ¿qué clase de valores, valores éticos acaso?


Queda expuesto, primeramente, que no está resuelta –o al menos no de manera evidente– la cuestión referida al papel educativo-ético de la tragedia y de la katharsis. Y siendo ésta última noción parte fundamental en la tragedia, una interpretación en pos de una purificación con fines educativos éticos implica –de ser éste el caso– necesariamente re-posicionar el papel de la tragedia en su conjunto, como instrumento o método de instrucción para el hombre.


Entonces, ¿es un fin educativo­-moral el de la katharsis en Aristóteles?


Interpretación de la katharsis, posibles soluciones


Una posible vía de argumentación para interpretar el sentido de la katharsis es buscar conciliar efectivamente una relación entre mimesis y ética en el sentido siguiente:


El principio de mímesis consiste en la reproducción de valores, pero también genera en el público el deseo de mimetizar los valores éticos expuestos en la reproducción trágica y de proyectarlos en su vida cotidiana. La tragedia les enseña que es a través de la imitación de lo bueno que se hace el aprendizaje de los valores que lo llevan a realizar su esencia.[3]


Se postula en este argumento que la tragedia educa porque expone, a través de ella, valores éticos. Y así como los reproduce, también enseña que han de imitarse. Ética a Nicómaco y Poética, entonces, según esta postulación, están íntimamente relacionadas y la katharsis, a su vez, “despertaría en el público un ideal de ética que corresponde al de Aristóteles”.[4]


Sin embargo, si se efectúa una comparación directa con Ética a Nicómaco el panorama no aparece tan nítido como lo plantea la vía argumentativa recién mencionada. Tres puntos o argumentos ilustran mejor esta segunda manera de concebir la tragedia, ya sin un contenido ético inherente, sino  –se analizará posteriormente– más bien provista de una apreciación puramente estética, vaciada de toda intención de enseñanza.


El primer argumento es el relacionado al héroe trágico versus el hombre ético. El héroe trágico –un Edipo Rey, por ejemplo, que encarna una situación trágica y suscita en el espectador las emociones de compasión y temor– dista mucho de ser el hombre ético planteado por Aristóteles en Ética a Nicómaco. Esto se ilustra en la cita siguiente:


Puesto que la composición de la tragedia más perfecta no debe ser simple, sino compleja, y al mismo tiempo imitadora de acontecimientos que inspiren temor y compasión, en primer lugar es evidente que ni los hombres virtuosos deben aparecer pasando de la dicha al infortunio, puesto que esto no inspira temor ni compasión, sino repugnancia; ni los malvados, del infortunio a la dicha, pues esto es lo menos trágico que puede darse (…) queda, pues, el personaje intermedio entre los mencionados (Poética, 1453ª, p.170).


En efecto, la cita apela a la necesidad de un sujeto medio para encarnar los valores del héroe trágico. Pero no es un sujeto que obra en virtud de un “justo medio” (phronimos), pues no equivale al sujeto virtuoso de Ética a Nicómaco, tendiente a un fin que es bueno. Más bien equivale a un hombre “intermedio”, ni sumamente virtuoso ni sumamente malvado.


El segundo argumento a favor de la interpretación de la tragedia como obra sin fines educativos-morales es el siguiente: las pasiones aludidas en la tragedia son motores de la katharsis, pero estas pasiones no son consideradas como obstáculos para alcanzar el bien, como podría pensarse en Ética Nicomaquea, sino que, por el contrario, las acciones en la tragedia son buscadas y permitidas en la medida en que inspiren las pasiones de compasión y temor y efectúen la purgación de las mismas. En contraste, El sujeto ético, según el Estagirita, debe controlar sus pasiones y en ese sentido, las pasiones son tenidas, de alguna manera, por un aspecto inferior del hombre, que debe ser restringido por la razón y la voluntad. En cambio, las pasiones no tienen esa connotación negativa en la tragedia. Es más, se busca que el espectador las experimente y el “bien” está en función de tal fin: lo que procure de mejor manera la katharsis.


Y el tercer argumento es uno que rompe directamente con la relación entre la tragedia y sus aparentes fines educativos de cualquier clase. Aristóteles parece más cercano a omitir la enseñanza como fin en la tragedia. En sus consideraciones al respecto, señala la diferencia entre la acción o hechos trágicos y el pensamiento en la Retórica:


Corresponde al pensamiento todo lo que debe alcanzarse mediante las partes del discurso. Son partes de esto demostrar, refutar, despertar pasiones, por ejemplo compasión, temor, ira y otras semejantes, y, además, amplificar y disminuir.


Y es evidente que también en los hechos hay que partir de estas mismas formas, cuando sea preciso conseguir efectos de compasión o de temor, de grandeza o de verosimilitud. La diferencia está en que aquí deben aparecer sin enseñanza, mientras que en el discurso deben ser procurados por el que habla y producirse de acuerdo con lo que dice. (Poética, 1456b, p.196).


Luego, se tiene que la tragedia y la katharsis no constituyen objeto de aprendizaje moral. Mas queda, sin embargo, igualmente abierta la interrogante acerca de qué busca realmente, entonces, la purificación de las pasiones o, mejor dicho, qué clase de purificación es ésta.


Distintos autores han propuesto salidas alternativas respecto a esta cuestión. Existe la creencia, por ejemplo, de que habría una relación clara entre katharsis y tratamiento médico propiamente tal, idea comenzada desde el trabajo de Bernays en 1857 y explicada también por Nussbaum[5]: “El uso médico para designar la purgación es una especificación de este sentido genérico: la purgación libera al cuerpo de impedimentos y obstáculos internos, limpiándolo”.[6] Ulteriores investigaciones han sido aún más radicales en sus conclusiones, llegando a explicar la katharsis aristotélica mediante el argumento que “un notable exceso de bilis negra lleva a la locura total. Un exceso moderado crea una cierta inestabilidad y sensualidad, como las que con frecuencia van vinculadas al temperamento artístico. Sin duda la compasión y el temor van unidos a un cierto exceso de bilis negra.”[7] Sin embargo, aunque un tratamiento médico de la katharsis no deja de tener sentido, suponer ésta solución, implica interpretar libre y osadamente a Aristóteles, puesto que en ningún momento parece el autor indicar un tratamiento de tal envergadura. No parecen éstas ser teorías acabadas y tampoco tienen correlación directa con alguna anotación de Aristóteles al respecto.


También se ha planteado una vía espiritual-religiosa de interpretación: “(…) Y la relación con la purificación espiritual y la pureza ritual parece el resultado de otra línea de evolución, dado el fuerte vínculo entre dicha pureza y la limpieza física.”[8] Esto es, se ha postulado la similitud de la tragedia con prácticas chamánicas de expiación de los pecados y la creencia viva de estar eliminándose un peso real en el espectador. Debe aclararse, empero, que considerar seriamente ésta la solución implica entrar en el pantanoso terreno de la fe y la creencia en las religiones, que si bien podrían tener cierta semejanza con las prácticas ditirámbicas y poéticas de la antigua Grecia, no parecen ilustrar lo que Aristóteles efectivamente admite. No existe, por lo menos, mención alguna de este tipo de creencia por parte del Estagirita.


Más bien Aristóteles parece buscar otra cosa distinta de las antes mencionadas. Esto es, le confiere a la katharsis un sentido, en definitiva, estético. Ésta intenta, por lo tanto, suscitar un placer puramente emocional, pero que no trasciende a la misma tragedia. Al ser el espectador parte del proceso trágico –como se indicó inicialmente al definir la katharsis– comienza y termina su papel determinante (su purificación) en el mismo momento en que termina el proceso trágico. Quiere decir ello que al efectuarse la katharsis, se finaliza la purgación, purgación de emociones netamente trágicas y no emociones de índole moral, ni religiosas, ni biológicas. Para Aristóteles, entonces, la tragedia tiene un fin persuasivo, no educativo:


De hecho resulta claro que el poeta[9] debe ser artífice de fábulas más que de versos, ya que es poeta por la imitación, e imita las acciones. Y si en algún caso trata cosas sucedidas, no es menos poeta; pues nada impide que algunos sucesos sean tales que se ajusten a lo verosímil y a lo posible, que es el sentido en que los trata el poeta. (Poética, 1451b, p.160).


La tragedia pretende persuadir al espectador, es decir, generar en él –de cierta manera– una empatía con la acción trágica que se está efectuando y hacer que se sienta parte también de esa tragedia: que se sienta un Edipo Rey ante la inmutabilidad del destino, de modo que ello le suscite la purificación de las pasiones mencionadas anteriormente. Pero no una purificación en cuanto individuo presente, concreto, con emociones propias y específicas, sino en cuanto espectador de un acontecimiento independiente. Una purificación, ya se ha dicho, de índole estética. De esta forma, el espectador no involucra en la katharsis su propia experiencia trágica, sino que asiste y es parte de una experiencia trágica ajena, pero que le produce empatía estética.


Queda en evidencia finalmente, que aunque el trabajo de Aristóteles deja espacios a dudas respecto del papel y fin de la katharsis, puede finalmente decirse que en virtud de la visión moral del autor –evidenciada en Ética a Nicómaco– no hay una finalidad educativa-moral en la Tragedia, y por ende, tampoco en la katharsis. Y que pese a las alternativas que se han propuesto como vías posibles de solución a la pregunta sobre qué tipo de purificación es, entonces, la katharsis, la más cercana al texto aristotélico vendría siendo una distinta a las mencionadas, esta es, la existencia de una purificación de tipo estética.


Reflexión final y conclusiones


Darle, a mi juicio, a la tragedia una función educativa moral es asignarle más funciones de las que posee, pues ésta, de por sí, no presenta más que un personaje trágico que se ve enfrentado a un destino inexorable: –por lo que– pregunto: ¿qué enseñanza moral puede dejar la lucha ante un destino que no es posible cambiar? Es cierto que podría pensarse, para quien cree efectivamente en la existencia del destino, en una enseñanza en esa línea, tal como podría ser “no luches de más, frente a lo que no podrás cambiar”, o quizás, para un optimista: “si no está en ti la posibilidad de solución es que entonces no hay un problema”. O también podría considerarse, para quien no cree en el destino, algo semejante a “alégrate, puesto que tienes la libertad para decidir qué hacer con tu vida, no como Edipo Rey, quien no tiene otra alternativa”. No obstante, no me parece que esas posibles “lecciones” hagan de la tragedia griega una instancia educativa, inculcadora de algún tipo de valor moral “universal” (en caso de existir algo así como un valor universal), pues dependen de las concepciones de cada uno respecto de si existe o no un destino inexorable.


Creo, también, que una purificación puramente estética tampoco es concebible. El ser humano se involucra con lo que sucede a su alrededor de una u otra forma, ya sea rechazándolo, adoptándolo, pero no es posible una cercanía tal con una situación mímica que le provoque compasión y temor, sin que haya previamente una empatía con el sujeto al que le suceden acontecimientos trágicos. Y que se dé una empatía implica necesariamente una identificación mental y afectiva con la tragedia misma, de manera que ya por el hecho de identificarse, la purificación que se efectúa en la persona no empieza y termina en la tragedia únicamente, sino que es una purificación que se inicia en la medida en que se genera la compasión y el temor, pero que continúa una vez finalizada la tragedia, pues se han involucrado también sentimientos personales e individuales, sentimientos de los cuales el ser humano no puede desprenderse sin más.


Entonces, la tragedia griega, al tener como característica esencial la existencia de un destino inexorable, no puede poseer como fin uno de índole educativo-moral. Y al ser, a su vez, la imitación de una acción y al producir esa imitación pasiones en el espectador, no puede ser una imitación meramente estética, desvinculada de todo sentimiento personal.


¿Qué tipo de purificación posee, entonces, la tragedia griega? Hemos visto, finalmente, que en virtud de todo lo anterior, el asunto ha quedado abierto. Abierto para posteriores reflexiones, que logren –ojalá– descartar nuevas hipótesis al respecto y resolver, en definitiva, esta cuestión, cuya importancia –como vimos– no es menor: implica, posiblemente, re-posicionar a la tragedia griega y ubicarla dónde se merece. Ese dónde que, al menos, mi persona desconoce.


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* Carmen Winter Barros es estudiante de Licenciatura en Historia y Licenciatura en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.



[1] Entendiendo moral en el sentido aristotélico –a grandes rasgos– como modo de obrar en virtud de un fin que se considera bueno y tendiendo a él.

[2] Aristóteles, Op. Cit., p. 147

[3] Artículo de Nicole Schuster, Aristóteles; Filosofía y tragedia, recogido por www.hacialaemancipacion.org.

[4] Nicole Schuster, Op. cit.

[5] Es importante aclarar que Nussbaum explica bien ésta alternativa, mas no comparte su contenido.

[6] Nussbaum, Martha, La fragilidad del bien, Interludio II. trad. Antonio Ballesteros, Madrid, Visor, 1995, p.13

[7] Aristóteles, Obras, trad. Francisco de P. Samaranchi, Madrid, Aguilar, 1982, p. 1100

[8] Nussbaum, Martha, op.cit., p.13

[9] El poeta viene a ser acá equivalente al que crea la tragedia.

Martín Lutero

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Por Camila Orlandi D.*

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La Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero dio, en materia político-religiosa, una base legítima antes inexistente a los territorios que, disintiendo del régimen imperial, buscaban su propia autonomía. El argumento que subyace a esta afirmación, tiene relación con la necesidad que tenían las autoridades religiosas de mantener una fe ciega sobre su infalibilidad a nivel popular. Ello porque si la autoridad papal en materia religiosa era puesta en duda, los pilares que sustentaban su dominio terrenal caían; aquello fue precisamente lo que sucedió en gran parte de Europa.


El quiebre que se produjo en la sociedad europea del siglo XV es difícilmente cuantificable en cuanto raramente se manifiesta en cifras. Por el contrario, sí es verificable a nivel cualitativo, en el cambio social sin precedentes que se vivió a lo largo de éste y el siguiente siglo. “La Reforma fue causada por la disolución de los principios y estructuras fundamentales que soportaron la Edad Media”[1] Se podría decir que este “nuevo sentir” de la época, sentir que revaloraba al individuo, precedió y fomentó el advenimiento de la Reforma, la cual a su vez, terminó por potenciar el Humanismo, a modo de una relación simbiótica. El Humanismo significó un alejamiento del canon medieval, mas el quiebre sólo terminó por producirse con la Reforma. En ese sentido se puede sostener que la Reforma, si bien precedida en muchos aspectos por el Humanismo, fue finalmente el elemento que quebró el orden imperante, generando una serie de conflictos a nivel de sociedad. Conflictos cuya resolución terminó a su vez por elevar la figura del individuo. En primer lugar, porque antes de la Reforma no se había producido un quiebre, sólo un alejamiento de la institución eclesiástica (Baja Edad Media). En segundo, porque la Reforma, al poner en jaque la infalibilidad de la Iglesia Católica en materia espiritual, rompió su dominio político, lo cual finalmente  legitimó la separación de territorios que se encontraban bajo el dominio papal. Finalmente, porque esta nueva apertura religiosa se extendió a otras áreas del saber, fomentando con ello las artes liberales.


Con respecto al tránsito a una “mentalidad moderna”, aunque incipiente a todas luces, se hizo presente ya en la Edad Media.


… algunas secciones de la historia tienen este carácter [transitivo] tan acentuado que es lícito llamarlas tiempos típicos de transición. A ellas pertenece la más tardía Edad Media, es decir, el siglo XV, pero también la tardía Edad Media, es decir la época que comienza en 1300 poco más o menos… En efecto, la tardía Edad Media entra entonces bajo el común denominador de causas de la Reforma, y se ve que muchas y profundas corrientes de fuerza de la época entran sin violencia bajo este denominador.[2]


Se puede deducir que si este tránsito fue “sin violencia” (a diferencia de la Reforma misma), las ideas, en vez de chocar en un enfrentamiento frontal, se fueron infiltrando a la sociedad. En otras palabras, la conciencia clara sobre la necesidad de “reformar la sociedad” se hacía cada vez más patente. En lo religioso, se pide un Concilio para reformar una Iglesia que cada día parecía estar más interesada en la política terrenal que en el desarrollo espiritual de los pueblos.


…humanistas de la más variada estirpe, todos coincidían en el reclamo de una teología más bíblica y menos escolástica, de un clero mejor formado y más pastoral, de una piedad popular más libre de adherencias que decían supersticiosas, de un papado y de un episcopado menos temporal.[3]


Claramente, en este punto aún se busca una Reforma al interior de la Iglesia – idea que ciertas corrientes nunca abandonan y que posteriormente servirá como centro de gravedad para la Contra-reforma –  y por lo mismo no constituye una posición radical que augure una ruptura. En este sentido, la presencia de estas “ideas humanistas” no prefigura ni constituye un cuestionamiento radical a la infalibilidad de la Iglesia. Será necesaria una figura como Lutero para desencadenar la ruptura.


El violento cambio que significa la reforma en la totalidad de la existencia europea –eclesiástica, religiosa, científica, política e incluso económica—es, en su mitad, el resultado de un desplazamiento y descomposición que comienza hacia 1300. La otra mitad se llama Lutero.[4]


En el Preludio de la cautividad babilónica de la iglesia (1520), Lutero señala


Comenzaré por negar la existencia de siete sacramentos y, por el momento, propondré sólo tres: el bautismo, la penitencia y el pan. Todos ellos se ha reducido por obra y gracia de la curia romana a una mísera cautividad, y la iglesia ha sido totalmente despojada de su libertad.[5]


Con ello cuestiona la autoridad religiosa de la Iglesia Católica, hasta ese entonces todavía universal. La combinatoria de factores políticos, estratégicos, religiosos y técnicos (imprenta) permiten que las críticas protestantes se conviertan en “la primera gran campaña mediática en occidente”.[6]


Joseph Lortz destaca por lo menos dos de elementos que confluyeron posibilitando el Cisma de la Iglesia: el primero, y sobre el cual no me explayaré mayormente, fue el despliegue papal del “poder espiritual al servicio de sus fines políticos y temporales”[7]. El segundo, en parte debido a este quiebre de la legitimidad eclesiástica, es la aparición del “concepto del Estado «autónomo» moderno no sometido a la Iglesia.”[8]


La división eclesiástico-cristiana que llamamos Reforma no habría podido sobrevenir si el Occidente político-eclesiástico hubiera tenido todavía la fuerza de la unidad universal de la Edad Media…no habría podido sobrevenir, especialmente, si el papado medieval hubiera tenido, con su fuerza universal, la soberanía de los pueblos.[9]


Dicha soberanía ya no era posible porque entre los distintos territorios, ya rondaba la idea de autonomía tanto política como religiosa. Bajo esa lógica, Avignon simplemente fue uno de los primeros Estados, y por ende uno de los más significativos, en desconocer el poder del Papa.[10]


Bajo esta lógica, el cisma de la Iglesia no debe ser entendido única y exclusivamente en su vertiente religiosa. El cuestionamiento acérrimo que se hizo de las prácticas y dogmas de la Iglesia generó uno de los problemas más serios de esta época, problema que marca el fin de la Edad Media; esto es, la falta de legitimidad de la Institución religiosa por antonomasia que en lo político se tradujo en la idea de “autonomía” de los pueblos. Dicha falta de credibilidad se extiende a su “dominio terrenal” si se quiere y precipita la caída del Imperio y el surgimiento de los Estados Nacionales.


Este tipo de “sentir” o “ideas modernas”, que de ningún modo se agotan en lo político, se corresponden con la difusión del Humanismo. “En general, sus contemporáneos [de Erasmo de Rotterdam] vivieron el cambio secular como una serie de modificaciones individuales y a menudo contradictorias, si no completamente opuestas, a las que era difícil clasificar en tendencias claramente diferenciadas.[11]” Sin embargo con el transcurso del tiempo dichas ideas fueron coincidiendo cada vez más con un cuestionamiento al decadente orden imperante heredado de la Edad Media.


Al igual que el emperador Carlos, el humanista Erasmo diagnostica (algo en lo que coincide plenamente el análisis de los historiadores actuales) oposiciones e intereses particulares en el interior de una Cristiandad que los dos hombres conciben como una unidad, y no sólo en sentido más ideal del término, sino también en el político y en el social: Colliditur gens cum gente, civitas cum civitate, factio cum factione, princeps cum principe (“Están en pugna un pueblo contra otro pueblo, una ciudad contra otra ciudad, un partido contra otro partido, un príncipe contra otro príncipe”)[12]


Es precisamente esta pugna la que lleva a los príncipes protestantes a fomentar las ideas humanistas liberales, porque constituyen una fuente de legitimidad creciente. La ruptura con la Iglesia Católica había, en muchos casos, llevado a replantear el rol del individuo en su función de mero receptor de ideas elaboradas en las cúpulas eclesiásticas. Se gestaba un cambio importante que desviaba la atención de la sociedad pasiva, al individuo como sujeto activo, capaz de relacionarse con Dios sin necesidad de intermediarios.


En ese sentido, si bien las ideas Humanistas prepararon el terreno para el desarrollo de la Reforma, fue la Reforma, que en su ámbito político podía justificar la autonomía de los principados (como los alemanes), la que potenció el desarrollo de las ideas modernas, como modo de legitimación. Dichas ideas contemplan, claro está, la noción de «individuo».


A modo de conclusión se puede decir que “fueron ellos [los humanistas] los que alentaron aquel clima peculiar y una sensibilidad nueva hacia lo religioso, y religioso era todo en sociedades sacralizadas como aquellas del tiempo de Erasmo y de Lutero.”[13] Pero fue la autonomía lograda por los territorios, ahora territorios protestantes, producida por el retraimiento forzado de la Iglesia Católica, la que llevó a la secularización de diversas esferas sociales, el desarrollo de las artes liberales y la consecuente revaloración del individuo. En suma, se produce una suerte de tránsito desde una sociedad que mira con desdén al individuo y al individualismo, a una sociedad que lo toma como el foco vital del desarrollo humano y por lo mismo de la sociedad.


En ese sentido, si bien muchos de los territorios que llegaron a ser protestantes, finalmente fueron recuperados para la causa católica por medio de campañas lideradas por Carlos V de Habsburgo, su hijo Felipe II y Fernando I hermano de Carlos,[14] el daño a la unidad y universalidad cristiana ya estaba hecho; otros paradigmas de legitimidad se consideraban válidos. Indirectamente se había puesto en marcha una serie de procesos que la historia mostrará concatenados; procesos que se retroalimentaran en un fluir constante de ideas y prácticas, que van desde el cuestionamiento a los dogmas y tradiciones eclesiásticas, hasta el fortalecimiento del Estado Nacional, cada vez más alejado del paradigma Imperial Católico Habsburgo. Como señala Schilling: “Carlos V tampoco había logrado reprimir la Reforma de Martín Lutero, por lo que la Europa de mediados del siglo XVI asistió a la caída de los dos poderes universales de la Edad Media: el papado y el Imperio.”[15] En ese sentido, para entender cómo es que ambas instituciones caen, es necesario explicitar la forma en que el Humanismo y la Reforma dialogaron y se retroalimentaron.


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* Camila Orlandi es estudiante de Ciencias Políticas y Collage en Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica de Chile.



[1] Lortz, Joseph, Historia de la Reforma, Tomo I (Madrid: Taurus, 1963) p.19

[2] Lortz, Joseph, Historia de la Reforma, Tomo I (Madrid: Taurus, 1963) p.19

[3] Égido, Teófanes, “Las relaciones de Lutero y Erasmo en el marco de la reforma”. En AA.VV., Erasmo en España. La recepción del humanismo en el primer renacimiento español (Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003) p.59

[4] Lortz, Joseph, Op. Cit., p.19

[5] Lutero, Martin. Lutero Obras. Edición preparada por Teófanes Egido. Ediciones Sígueme, S. A. p.88

[6] Mark U. Edwards. Printing, Propaganda, and Martin Luther. Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1995, p.21

[7] Lortz, Joseph, Historia de la Reforma, Tomo I (Madrid: Taurus, 1963), p.35

[8] Lortz, Joseph. Op. Cit., p.34

[9] Lortz, Joseph. Op. Cit., p.33

[10] Lortz, Joseph. Op. Cit., p.34

[11] Schilling, Heinz, “Erasmo y las fuerzas políticas de su época”. En AA.VV., Erasmo en España. La recepción del humanismo en el primer renacimiento español (Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003), p.76

[12] Schilling, Heinz. Op. Cit., p.77

[13] Égido, Teófanes, “Las relaciones de Lutero y Erasmo en el marco de la reforma”. En AA.VV., Erasmo en España. La recepción del humanismo en el primer renacimiento español (Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003) p.59

[14] Schilling, Heinz, “Erasmo y las fuerzas políticas de su época”. En AA.VV., Erasmo en España. La recepción del humanismo en el primer renacimiento español (Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003), p.77

[15] Schilling, Heinz., Op. Cit., p.77

Durante el año 2010, se llevará a cabo el II Seminario  Permanente de Estudios Medievales, organizado por el profesor José Manuel Cerda de la Universidad de Chile. El seminario consistirá en una serie de reuniones informales a modo de taller, principalmente dirigido a académicos y alumnos de humanidades y artes. En el seminario se efectuará una revisión a la mujer en la Edad Media, analizando aspectos políticos, culturales y cotidianos del mundo femenino.


Dentro de los académicos que expondrán, destacan los profesores: Ángel Gordo (Universidad Austral de Chile), Rómulo Hidalgo (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso / Universidad de Viña del Mar), Patricio Zamora (Universidad ARCIS / Universidad Andrés Bello / Universidad SEK), María Eugenia Góngora y Daniela Picón (Universidad de Chile), Ítalo Fuentes (UMCE / Universidad de Chile), José Marín Riveros (Pontificia Universidad Católica / Pontificia Universidad Católica de Valparaíso / Universidad Adolfo Ibáñez), José Manuel Cerda (Universidad de Chile), Paola Corti (Universidad Adolfo Ibáñez) y Ximena Illanes (Pontificia Universidad Católica de Chile).


Fecha: Los últimos jueves de cada mes
Horario: 11:30 – 13:00 hrs.
Lugar: Sala del Consejo – 4to piso – Decanato – Facultad de Filosofía y Humanidades – Universidad de Chile – Ignacio Carrera Pinto 1025 – Ñuñoa

Contacto: José Manuel Cerda (joecerda@gmail.com)


Para más información:

Ver el programa del Seminario Permanente 2010.

Profesor José Marín Riveros

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Por Tamara Alvarado Henríquez*


El profesor José Marín Riveros, doctorado en Historia Medieval por la Universidad de Barcelona, realizó su licenciatura y Magíster en Historia en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y, actualmente, integra el cuerpo docente de dicha institución, así como de la Pontificia Universidad Católica de Chile. A lo largo de su carrera se ha especializado en Historia Bizantina y en Antigüedad Tardía, enfocándolas, principalmente, a partir de la historia de la cultura. Dicha carrera y línea de investigación, es lo que el equipo de editores de Orbis Terrarum ha querido dar a conocer a su público lector, a través de esta entrevista realizada por Tamara Alvarado, una de sus editoras. Invitamos, entonces, a indagar en los motivos y experiencias que estuvieron detrás del estudio del Imperio Bizantino, por parte de uno de sus más connotados investigadores a nivel nacional.


¿Cómo llega a estudiar Historia?


Yo entré a la carrera de historia sin estar muy convencido de donde estaba. Egresé del colegio claramente inclinado hacia el lado humanista. En esa época escribía cuentos, poesía, hacía teatro también; participaba en otras actividades que no tienen mucho que ver con la historia, pero también me iba bien en el colegio en historia. Era una de las posibilidades, pero era sólo una. Entonces tenía una inclinación humanista, pero había que definirla. En fin, entré a Historia, me gustó, y me quedé. Me sedujo la historia, me sedujo el relato, me sedujo la narración, me sedujo un estilo y en ese estilo, evidentemente, cuando uno entra en la PUCV, lo que a uno lo marca es la figura de Héctor Herrera Cajas.


En el fondo uno vislumbraba, -como lo hemos conversado con Ítalo Fuentes, que es de la misma escuela- que hay una manera de entender la historia que va más allá y que estaba encarnada en ese maestro; además, uno podía ver que hay una forma de vivir la universidad, lo académico, también encarnada en él.


Con Héctor Herrera empezó una relación muy esporádica al comienzo, me prestó libros, me entusiasmó y, así, se fue generando poco a poco una relación de mayor cercanía y mayor confianza. Yo cursé Historia Medieval el año 86, cuando era, además, ayudante Ítalo Fuentes –ustedes han leído a Ítalo Fuentes en Medieval-, también un tipo muy interesante, muy seductor en el uso de la palabra; además, Ítalo tiene una forma de ver la historia que es muy entretenida, el tema del discurso, en fin. Y generamos una amistad muy fuerte con Ítalo, hasta el día de hoy.


Se generó ahí el triángulo, vinculado en el tema de Historia Medieval: estábamos Ítalo, estaba don Héctor y estaba yo y al año siguiente ya comencé de ayudante, acompañado de Paola Corti. Más tarde hice la tesis con el maestro, seguimos trabajando en el Magíster, y también hice la tesis de postgrado con él. Pasamos tardes conversando, en su casa o en la mía, o sea, se estableció una relación que se transformó en amistad, una amistad fuerte.


Bueno, y en resumen, por qué termine en Historia Medieval, precisamente por eso, porque había un maestro importante, un hombre que seducía, que tenía el don de la palabra, estudioso, que era el ejemplo de lo que significa ser un profesor universitario.


¿Marca la figura del Profesor Héctor Herrera en su propio modo de ejercer la pedagogía?


Marca, evidentemente tiene que marcar. Ahora yo nunca me estoy preguntando, qué de don Héctor tengo yo cuando expongo, porque creo que al comienzo es muy fuerte; no obstante, uno va buscando un estilo, un modo propio.


Ahora bien, en la forma en la que uno hace las cosas, seguramente se refleja: la visión de la historia que uno tiene, en cierto tipo de conceptos, por ejemplo, el jugar con las palabras, con las etimologías, todo eso es herencia de don Héctor. Hay temas que yo trabajo que nunca los trabajó, por lo menos conmigo, yo nunca se lo escuché. Y eso es porque uno también tiene que buscar su camino solo, uno no puede ir repitiendo. Al comienzo hay una imitación que es natural, porque la influencia es muy fuerte. Uno podrá repetir cosas que dice el profesor, en clases evocar ideas, pero poco a poco tiene que ir apareciendo lo que uno cree que son las cosas efectivamente. Yo, de todas maneras, trabajé diez años con él, no es poco. Trabajé de ayudante, profesor auxiliar, y después ya, hacíamos cursos juntos. Marca mucho. En definitiva, por qué me quedé en historia, por qué estudié historia medieval, por qué hago historia medieval y bizantina, es porque tuve un maestro.


Y por cierto, hay estilos que marcan a una universidad, y lo que marcó en la PUCV fue la historia universal.


¿Cuál sería su filosofía de la historia?


Yo no presumo de tener una teoría de la historia. Yo trabajo historia, trabajo como, quien dice, de taller, pero no me siento capaz de hacer un curso de teoría de la historia ni fue tampoco la parte que yo más recibí de don Héctor.


Tendría que tener algún nivel de conciencia, no hago historia materialista, si lo vamos a ver en esos planos y no me gusta el materialismo histórico. Hago una historia, que se acerca hoy día al concepto de historia de la cultura de Burke, una historia que se enfoca en la historia de la cultura, que se fija en los procesos intelectuales, en algún tipo de procesos espirituales. Más allá de que yo me diga católico o no, yo creo que hay un sentimiento de lo sagrado en el hombre antiguo y en el hombre medieval, que si uno lo quita no entiende esa historia.


Una cosa clave es que hay que ir a las fuentes, eso es fundamental. Si hay una cosa que a mí no me interesa, -que es el paroxismo derivado de la Escuela de los Annales, y hay muchos e interesantes libros al respecto-, por su exceso, es que se tape con una verborrea, que suena todo como muy interesante, algo que no tiene consistencia. Uno ve, a veces, en los congresos, gente que expone sobre un tema, lleno de una parafernalia que está tomada de Duby, de Le Goff, de alguna otra estrellita de los Annales, de Jean-Claude Schmidt, de Burke, (aunque Burke no es de los Annales, pero es, como quien dice, de lo más nuevo),   pero resulta que el tipo que está ahí no es ni Jean-Claude Shmidt, ni Jaques Le Goff, ni George Duby, etc. Está tomando una terminología que cuando él la ocupa suena vacía, y al final uno se pregunta, dónde está la fuente, dónde está lo efectivamente histórico, que no es sólo una entelequia que se construye con una verborrea bonita.


Respecto de G. Duby, siendo un gran historiador, el libro que más aporta a la historiografía es un solo libro, Los tres órdenes o el imaginario del feudalismo, en la mejor línea de los Annales, un grandísimo libro. Pero al final, uno se pregunta por qué toda esta palabrería si las cosas se pueden decir de un modo simple y dicen lo mismo. Por ejemplo, Jean Florí, quien también trabaja Historia de las mentalidades y tiene un libro precioso que es sobre el origen de la idea de Cruzada, de la idea de Guerra Santa. Jean Florí hace historia de las mentalidades y no tiene ninguna palabra rara. No hay ninguna frase enrevesada. Nada, es un libro muy bien escrito, claro y profundo. Entonces, hay mucha gente que se le olvida que en la historia, primero tenemos fuentes, luego los conceptos para las aproximaciones al estudio de la fuente, y finalmente la interpretación. No al revés.


¿En dónde estaría la relación de la Escuela de los Annales con la Historia Medieval?


La Escuela de los Annales surge del ambiente de los medievalistas, partiendo por Marc Bloch, y había otros asociados a la Escuela de los Annales que venían más por el lado antropológico, por ejemplo. Pero yo creo que no es casualidad, en primer lugar, porque la historia medieval siempre aparece en la vanguardia, si ustedes van viendo, siempre que hay renovación histórica, la historia medieval está presente. Y en segundo lugar, creo que no es casualidad, porque se nos olvida que para nosotros Historia Medieval es Historia Universal y aquí uno trabaja con fuentes impresas; pero lo que hace el historiador europeo es lo mismo que hace en historia de Chile: la fuente archivística. Entonces, son estudiosos que están en relación muy directa con las fuentes, con la historia propia, y tratando de desentrañar esa historia propia, y con períodos a veces, donde las fuentes son muy escasas; entonces hay que suponer muchas cosas, y eso claro, va incentivando y generando nuevas metodologías para ingresar en la historia. Además, antes de la escuela de los Annales, estaba el paroxismo a que había llegado el positivismo: todo lo que cuenta es lo que está escrito.


¿Y qué pasa con la valorización de la Edad Media en la propia Europa?


El mismo Michelet yo creo que muestra esa paradoja de la propia Europa respecto de la historia medieval. Ya que por un lado, se escriben las novelas de caballerías –como Ivanhoe y otras- pero por otro lado, se quiere desconocer el mundo medieval. Y la otra cosa que sucede siempre en la Edad Media, no hay que olvidarlo, es que Edad Media es Iglesia, es imposible sacarla de ahí. Si uno estudia la historia medieval y dice: no, pero yo nunca voy a hablar de un cristiano, no sé qué va a hacer. Y no sólo lo religioso, sino que para otras cosas también, la vida social, la vida económica, etc. La iglesia, que es una institución muy importante; a diferencia de lo que pasa con el estudio de los romanos paganos que se acabaron, los cristianos católicos aún existen, y la institución de la iglesia conserva, aún, mucha influencia en occidente, y eso, naturalmente afecta la historia medieval. Porque en el fondo, hay un ataque anticlerical que termina transformándose también en un ataque a la Edad Media: la Iglesia oscurantista, la Edad Media oscurantista, y toda esa visión que se elaboró en el siglo XVIII. Y en el siglo XX también hay una reacción anti-eclesiástica y anti-vaticana, muy fuerte en Europa.


Jaques Le Goff atacó duramente a la Iglesia en relación al tema de la Constitución de la Unión Europea, y la Iglesia decía –el Vaticano pedía- que debe haber una mención de las raíces cristianas de Europa, nada más que eso, en el prólogo, no en el articulado del texto, porque el articulado es laico evidentemente. Y la Unión Europea no lo aceptó y Jaques Le Goff, defendió eso, sin embargo, Jaques Le Goff publica un libro como historiador, donde reconoce el tremendo valor del aporte de la Iglesia al mundo medieval y, en el fondo, al mundo occidental en formación. Ahí también está la paradoja, son ámbitos distintos que han afectado de distinta manera el aprecio que se tiene por el mundo medieval.


¿Qué ocurre con esta valorización de la Edad Media a través del cine o la literatura actualmente?


Todo ese tema de los mass-media, volver a decir que el Señor de los Anillos es medieval, que de medieval no tiene nada, no creo que aporte a una real valorización. Puede que se vaya creando un mito nuevo, nada más.


Porque finalmente, eso es literatura, y literatura contemporánea. Yo no haría, por ejemplo, una clase sobre la historicidad del Señor de los Anillos, en primer lugar porque a mí El Señor de los Anillos me fastidia, en segundo lugar porque creo que distorsiona la realidad. En el libro de texto de sexto año básico de mi hija, en el capítulo de la Edad Media, tenía una foto del Señor de los Anillos, con algún comentario y uno se preguntaba: pero por qué ponen esto. Hay una evocación lejana, y como dice Tierra Media, todo el mundo lee, Edad Media.  Es pura fantasía y luego uno consultaba quién redacta este libro de Historia, y resulta que era una ex alumna mía, y de don Héctor, ayudante además, que tenía una formación sólida en historia medieval, pero cuando llega al plano escolar vuelve a ser lo mismo de antes, repitiendo el prejuicio o confundiendo las cosas con una pretensión didáctica. Ahora, para un público general, hacer exposiciones de temas medievales, ir comentando, en fin, puede ser bueno por dos cosas: en primer lugar, por curiosidad histórica, porque al final, lo que a la gente le llega es eso, y en segundo lugar, puede ser interesante también desde el punto de vista de corregir las visiones erradas.


En cuanto a la película Cruzada, de R. Scott, yo probablemente no la habría ido a ver si no es porque me pidieron una entrevista. Igual uno está interesado en saber de qué se iba a tratar, pero honestamente, me da un poco de lata porque uno sabe que la va a apreciar desde otro punto de vista, y al cine hay que ir como espectador ingenuo, a que a uno lo sorprendan, lo involucren, que uno se meta en la trama, llore, se ría, en fin, pero no ir a analizar técnicamente la película, ni históricamente, por cierto.


Hay que corregir aquí o allá, hay de hecho una posición que es muy maniquea en la película, la realidad no fue tal cual; pero había otras partes de la película que estaban prácticamente calcadas de las fuentes, escritas por los cronistas de la época.


Yo creo que la película Cruzada, de Scott, que además que desde el punto de vista de la escenografía es espectacular, planteaba extremos que no son nuevos: los malos, eran muy, muy malos en esa película, y esos eran los cristianos y específicamente, los templarios. Ahí está pues el discurso antieclesiástico, que termina colocando la idea de que todos eran así en esa época, porque eran bárbaros, porque se explicaban todo por la fe, porque eran malos. En fin, es complicado. No se corrige el problema en Europa, y se va a corregir acá.


¿Cómo ve el europeo el trabajo que se hace desde acá?


Ellos tienen todas las fuentes y toda la bibliografía y eso, claramente, nos suma carencias. En ese sentido, claro, nos pueden sacar ventaja, pero no todo es negativo. Desde acá se puede aportar historiográficamente al mismo nivel que en Europa. Por ejemplo, existe una tesis de don Héctor Herrera que fue considerada definitiva por la historiografía alemana, no hay nada más que decir al respecto. Igual hay que ir a estudiar allá, pero hay una formación que nosotros tenemos que nos permite estar al nivel de ellos. Eso es una primera cosa. Y lo otro que, a veces, le gusta a los europeos que tenemos una visión universalista. Eso es una ventaja, yo creo, una ventaja comparativa, que tiene que ver con la importancia de la Historia Universal que le damos, cómo la conceptualizamos, y la libertad con la que la trabajamos. La mirada desde fuera: yo puedo opinar de la formación de la Unión Europea en sus raíces medievales, no tengo por qué dar explicaciones a nadie de lo que opine. En Europa no es tan fácil, porque uno se alinea.


Una vez le preguntaron a don Héctor Herrera por qué estudiar historia bizantina en Chile y la respuesta fue la del humanista que descoloca al utilitarista: porque nos hace más libres, para eso. No dependemos tanto del conocimiento generado por Europa o EE.UU., acá somos capaces de generar conocimiento en cualquier área y en Historia Universal también.


¿Cuál sería la atracción del período de Antigüedad Tardía que usted estudia?


Es una época de transición, entonces es muy rica desde el punto de vista del estudio. Es una época en que se están cristalizando cosas nuevas, pero todavía hay otras que están desapareciendo recién, se está construyendo la historia y, yo creo que esa es su riqueza.


¿Y respecto a Bizancio?


Por un lado, estaba el compromiso de continuar con una línea de estudio y eso, don Héctor, también en su minuto, me lo planteó claramente. A parte también, lo consideras profesionalmente, si uno sigue ese camino contaba con que no hay cursos de Historia Bizantina; que es un área que uno puede explorar y puede explorar tranquilo; yo no sabría qué es lo que exactamente me gusta del mundo Bizantino, pero es una civilización interesante, fascinante, y que ya terminó, no nos estamos rindiendo cuentas con ella, (con el mundo medieval sí, permanentemente uno se rinde cuentas con el mundo medieval), es una cultura muy desconocida, siempre hay cosas entretenidas que descubrir del mundo bizantino; con un cierto repertorio de fuentes que permite ingresar en los temas. Pero tampoco soy así, de amores eternos, como que he explorado distintas épocas y culturas de la Edad Media, en su sentido más universal. Y el problema es que muchas veces, o se estudia Oriente, o se estudia Occidente, pero no se ven las conexiones.


¿Cuál fue la imagen que obtuvo de ese mundo con su viaje a Constantinopla?


Los monumentos bizantinos, en general, están en muy mal estado, Santa Sofía está fea, chorrea la pintura, Turquía no se va a preocupar por monumentos cristianos. Si no es por la UNESCO, por algunas instituciones arqueológicas europeas y norteamericanas, poco se salvarían; pero sí, a pesar de todo, para mí estar en Constantinopla fue una experiencia extraordinaria, emocionante. Estar allá, caminar, mirar los monumentos, proporcionarse humana e históricamente frente a los monumentos, cambia evidentemente la forma en que uno después explica también el texto o hace las clases.


Además, es una etapa, -y ustedes que están jóvenes todavía tienen que vivirla- en que, como dicen ustedes, uno aperra: si tiene que pasar el día con un paquetito de galletas, lo pasa; después ya es más difícil, uno se pone más viejo y se aburguesa (risas). Yo no sé si estaría dispuesto a seguir el training diario que tenía la primera vez que viajé a Europa, yo vivía con poco más de 20 dólares diarios. Era prácticamente nada. No sé si ahora estaría dispuesto a hacer todos los sacrificios, a lo mejor por una semana, pero por tres meses… no. Pero la experiencia hay que hacerla. Uno aguanta todo, uno camina diez horas diarias y tiene tanto que ver, que a uno le da lo mismo el hotel en el que está, sólo se recorre y mira. Recuerdo el viaje al Peloponeso, recorriendo las ruinas bizantinas, con 45 grados y me daba igual, yo estaba feliz. Hay que viajar, es la única manera de irse metiendo en la historia, si hacen historia europea tienen que ir a Europa, conseguir becas, lo que sea.


¿Y cómo ve nuestra propia educación en Chile, principalmente respecto a la enseñanza de la historia?


En general, se parte del principio que yo critico mucho, de que los niños parece que son medio tontos, que todo se lo tienen que dar así, bien digerido, todo bien elemental, y los niños pueden mucho más, son capaces de elucubrar cosas que a uno lo sorprenden.


Yo tengo serios reparos respecto de cómo se enseña historia en los colegios, porque entraron con modelos copiados de España y de Europa en general, pero que están obsoletos y fracasados. Se empieza por lo pequeño: mi plaza, mi barrio, mi región, mi país. Desde un comienzo son incapaces de crear contacto con la historia. Claro, cuando uno pone a un niñito en España y le dices, vamos a ir a la plaza, por esa plaza pasó Carlomagno, en esa plaza hubo una batalla de no se cuándo, el niño tiene una densidad histórica tremenda, se da un par de vueltas en un pueblo chico y ya le cuentan mucha historia. Pero aquí hay lugares en Chile donde no hay nada. A los niños le gusta lo épico y los están privando de eso.


¿Y qué podría decir sobre la educación universitaria?


Uno tiene una responsabilidad como profesor de nivel universitario, en la que uno tiene que estudiar… o sea, para repetir lo que dice un manual, eso lo hace cualquiera.


Pero también van a escuchar de mi alguna vez no tengo idea, hay cosas que no tengo por qué saberlas y las que no las sé no las voy a chamullar, después se sabe que el profesor chamulló, se pierde el respeto, entonces uno tiene que asumir un rol y esa es una cuestión que es fundamental: estar en la sala de clases es un rol y no es lo mismo ni el lenguaje, ni la forma en la que estamos conversando ahora, que la que se utiliza después, en la sala de clases y, yo también espero que los alumnos asuman el rol que les corresponde.


(Junio de 2009 – Santiago de Chile)


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* Tamara Alvarado Henríquez es estudiante de Licenciatura en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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Develando el Nuevo Mundo. Imágenes de un proceso.
Olaya Sanfuentes
Ediciones UC
Santiago, 2009


Por Pablo Castro H.*


Maravillas, periplos y descubrimientos. El fenómeno de los viajes se baña de estos elementos, que nutren su esencia más pura, forjando una estructura amplia en su concepto. La noción de viaje resulta fundamental para comprender a los últimos viajeros medievales, sus intenciones y fines, como también, las formas de realidad que conciben en sus hallazgos. Asimismo, se penetra en un nuevo mundo, donde las dimensiones de los viajeros presentan diversas miradas de la otredad, lo que nos permite comprender la construcción de nuevas identidades en las culturas del encuentro.


En esta línea se inserta la obra “Develando el Nuevo Mundo. Imágenes de un proceso” de la historiadora chilena Olaya Sanfuentes, profesora del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Asimismo, cabe destacar que el escrito fue publicado en abril de 2009 por las Ediciones UC, lo cual nos habla de una publicación reciente y, por ende, de un debate aún activo dentro del mundo historiográfico. Junto con esto, hay que tener presente que la autora del libro es licenciada en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Master of Arts de Georgetown University y Doctora en Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Barcelona. La profesora Sanfuentes ha enfocando sus estudios al tema de los viajes y las representaciones, como también, a la historia de la cocina y las imágenes de América, un diálogo que se percibe –constantemente- en su obra abocada a las mentalidades y representaciones del Nuevo Mundo.


Ahora bien, la obra trata el problema del viaje y el descubrimiento de América, lo cual define como un develamiento paulatino y gradual del conocimiento de este nuevo espacio. Por otro lado, el encuentro de los europeos con una otredad, genera una nueva percepción y mentalidad, lo que conduce al descubrimiento de lo propio. Es una lucha de las ideas preconcebidas y lo nuevo que encuentran, un diálogo que construye nuevas imágenes en torno a las culturas que vislumbran. En este marco, la historiadora Sanfuentes, señala que el viaje de Colón es el último viaje medieval, ya que en dicho desplazamiento se encuentran elementos como el exotismo y las maravillas, forjando representaciones de lugares utópicos y criaturas fabulosas. El viaje se torna un abanico de nuevas oportunidades, pero, más allá de eso, refleja un mundo de encuentros y, junto con esto, la adquisición de una nueva identidad a partir de la visión y percepción del otro.


Si efectuamos una mirada a la línea de investigación y metodología utilizada por la historiadora Sanfuentes, notaremos, en primer lugar, el carácter interdisciplinario que intenta ofrecer en su obra, al integrar formas de la historia cultural y la historia del arte. La imagen se torna un elemento esencial para el estudio. La historiadora utiliza imágenes visuales, grabados, libros impresos y mapas, lo que nos permite aproximarnos a ciertos fragmentos de la realidad, fabricando representaciones de la misma y que, en su conjunto, permiten dar cuenta de los procesos culturales y mentales que se gestaban en la época. Asimismo, la profesora recurre a fuentes documentales, analizando libros y crónicas de viajes de observadores directos o de quienes han escuchado los relatos a partir de otros testimonios, lo cual nos acerca –mediante un ejercicio exegético- a la percepción de la otredad, explicando el encuentro y las relaciones que se construyen y, como a partir de ese choque cultural, se forja una nueva estructura identitaria. Ahora bien, este tipo de material documental, nos inserta en el problema de la descripción, ¿cómo se describe el objeto? ¿Cuán real y verdadero es el relato que efectúan los viajeros en sus crónicas? ¿La imagen hiperbólica de sus escritos forma parte de la realidad de aquel entonces? Estas son algunas de las interrogantes que podríamos hacernos y que, a su vez, nos plantean una problemática metodológica a la hora de llevar a cabo estudios de carácter interdisciplinario, puesto que el uso de imágenes –visuales o literarias- no puede ser revisado de manera somera, sino que hay que efectuar un estudio analítico al mundo cultural y simbólico del período, elementos que generarán perspectivas de comprensión al objeto estudiado.


Respecto a esto último, resulta interesante el diálogo que se produce en cuanto a las imágenes visuales y mentales de la época, puesto que, nos genera una mirada más amplia de las culturas, permitiéndonos acercar nuestro lente de análisis al estudio de ciertos elementos que construyen –dentro del espacio de lo imaginario- nuevas nociones de la otredad, en donde se tensionan componentes propios de la cultura que vislumbra o escucha, en añadidura a los elementos nuevos que tiene frente de sí. En este sentido, a través de las imágenes, se representa lo salvaje, lo exótico y lo monstruoso, imágenes que portan un significado y simbolismo y que, nos explican la percepción que posee el hombre europeo al llegar al Nuevo Mundo. El europeo se enfrenta a una nueva geografía y humanidad, se construye una imagen ‘maravillosa’ de esta nueva cultura: América refleja un paraíso terrenal, posee una flora deslumbrante y una fauna fabulosa. El Nuevo Mundo refleja –a modo de proyección- un lugar ideal, es el origen de las utopías, se vinculan elementos propios de las leyendas europeas a este nuevo espacio, forjando –o más bien, renovando- ciertos mitos como la fuente de la juventud o el mito del Dorado. América es el espacio del impacto. En esta idea de encuentro, lo uno y lo otro dialogan, el europeo construye nociones respecto al indio que vislumbra, el cual no puede ser visto de manera maniquea –como un ser bueno o malo- sino que debe comprenderse con una mayor ambigüedad en su concepto, ya que existen ciertos matices que crearán imágenes no tan dicotómicas, sino, más bien, ‘distintas’, bañadas de sensibilidad y curiosidad por las maravillas de las nuevas tierras.


Para finalizar, si llevamos a cabo un balance crítico, notaremos que el estudio de los viajes refleja la posibilidad de apertura a espacios desconocidos, ingresando a nuevas estructuras, códigos y símbolos. La imagen se torna algo esencial en la construcción de identidades. Ahora bien, es importante destacar algo en relación esto –lo cual puede ser extrapolado a cualquier investigación histórica que pretenda el uso de fuentes iconográficas y literarias- y es que, la imagen, representa un fragmento de la realidad, una ‘visión’ de algún autor en un determinado contexto, por ende, hay que tener cuidado con las generalizaciones o reduccionismos de ciertas imágenes, para no caer en la idea de que entregan un panorama completo o total de las mentalidades de una sociedad. Cada imagen posee sus matices, ya sea en forma y contenido y, el estudio de las mismas, requiere la misma minuciosidad y rigorismo que una fuente documental. La ventaja de trabajar representaciones e imágenes mediante el arte y la literatura, es que nos aproximan a nociones, códigos y símbolos de las diversas culturas que se estudien, lo cual nos acerca al estudio de las ‘percepciones’, dicho de otro modo, al estudio de la visión y comprensión de una cultura a partir de relatos o miradas que se hayan construido de una otredad. En este sentido y, destacando la obra de la historiadora Sanfuentes, la imagen –o si queremos también, el relato visual- no sólo nos aproxima al concepto de viaje, sino que, además, se introduce en todo un plano más metafísico, lo cual nos abre nuevas perspectivas de análisis a la hora de estudiar los fenómenos y problemas históricos. El viaje ya no es sólo un desplazamiento que se vincula a caracteres políticos o económicos, sino que, también, refleja todo un proceso de construcción existencial, en la medida que, los viajeros autoconstruyen su identidad en el reflejo de otro, lo que crea nuevas miradas de comprensión y una definición de lo propio.


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* Pablo Castro Hernández es estudiante de Licenciatura en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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Charlemagne. The formation of a European identity.
Rosamond McKitterick
Cambridge University Press
Cambridge, 2008


Por Joaquín Cheix D.*


Cuando un estudiante se introduce, para estudiar, al período carolingio, tiende a recurrir a obras clásicas sobre este Imperio; es una época muy vasta en cuanto a material para estudiar e historiografía sobre el mismo. Pero el trabajo de esta profesora de Cambridge viene a rescatar un elemento no siempre referido: la inserción del Imperio Carolingio como factor configurador de una idea de Europa. Por otra parte entrega una mirada actualizada.


Autora centrada, en cuanto a sus estudios, en período que este libro toca; McKitterick plantea que su intención específica es demostrar que los elementos que constituyen, y le dan forma, al imperio Carolingio son partes fundantes de la idea de una Europa unida, y sobre todo, con identidad común. En este sentido, especifica que a pesar de realizar una revisión extensa sobre el período en cuestión, todos aquellos puntos que tratan están relacionados con esta idea central de encontrar el patrón común, configurador de la identidad europea.


El texto plantea una estructura de desarrollo acorde al cumplimiento del objetivo central, convirtiéndose dicha estructura, en la línea metodológica del trabajo mismo. Dentro de esto es necesario destacar, que la autora diseña cinco capítulos, donde cada uno viene a representar un elemento trascendental para entender la dinámica interna del imperio: Representaciones de Carlomagno, la creación de la dinastía, la corte real, el rey y su reino, comunicaciones e identidades, y finalmente un capítulo referido a la relación del emperador, y el imperio, con la Iglesia. Siguiendo con el tema metodológico, las fuentes que utiliza la autora permiten abordar tan amplia gama de problemáticas, pero entendiendo, siguiendo a McKitterick, que la consecuencia mayor de este proceso fue precisamente la construcción de una idea de Europa con identidad común, por lo tanto no se quedará sólo en la dinámica interna, sino que la llevará a adentrarse en un plano distinto: la generación cultural de una idea, que para nosotros hoy día es natural pero que para la época no era así.


Además realiza una revisión exhaustiva de todas las zonas que abarcó, o con las cuales se relacionó, el imperio; este elemento es tremendamente importante, por cuanto nos señala que el libro entrega material, metodológico y de datos, que van cubriendo ciertos temas un poco dejados de lado por la historiografía más tradicional. Un ejemplo de esto es el matiz que le da a la conquista de Sajonia: guerra cruenta, muchas complicaciones, pero que en la solución del conflicto prepara el camino para una unificación (en cuanto a identidad) entre francos y sajones; y así, como este ejemplo, se suceden gran cantidad de situaciones, lugares o hechos que permiten ir corroborando la tesis central.


En el primer capítulo, la autora entrega una visión muy detallada de las visiones que existen sobre Carlomagno y su Imperio, ya sea en la misma época, a través de las fuentes, o también sobre visiones propias de la historiografía. Por otra parte el segundo capítulo, nos abre el período histórico propiamente tal, busca caracterizar el ascenso al poder de Carlomagno, y esto porque permite analizar cuáles son los elementos formativos de la persona del emperador, que después serán los que motivaran su accionar, reformas, etc. El tercer capítulo analiza el espacio real: la corte; centrándose en aquellos lugares donde el emperador cumple algún rol importante; administración, desplazamientos, y otros temas son abordados para entender en que ambiente se desenvolvía Carlomagno. El cuarto capítulo, junto con entregar una revisión sobre ciertos aparatos administrativos del imperio en relación con las provincias, o territorios conquistados, entrega un panorama general de la situación de dichas zonas que permite contextualizar las características propias de la expansión identitaria del imperio en cada región. Finalmente el quinto capítulo destaca el rol jugado por otro actor importante, como es la Iglesia, que viene a darle mas fuerza a esta identidad que transmite el Imperio, viene a ser el factor cohesionador que le da no sólo fuerza, sino también persistencia en el tiempo.


Para que el lector pueda tener una mejor comprensión del tema, la autora también plantea una propuesta metodológica, para cada capítulo, muy clara. Todos parten con una introducción que enuncia el tema, y la postura sobre el mismo, en los cuales se centrará el trabajo; después un desarrollo de los argumentos, para finalmente concluir en conclusiones que destacan elementos cruciales de cada punto. Esto ayuda a reforzar aun más, a medida que avanza la lectura, la funcionalidad de cada capítulo para la solución de la problemática de la hipótesis.


La obra tiene un carácter mucho más cultural y político, si bien toca temas como el religioso, el administrativo o el mismo relato histórico, estos últimos hacen sus apariciones en funcionalidad con el objetivo mayor que persigue la obra, y que la autora se encarga de recordar, a veces directa y otras veces indirectamente, a lo largo de todo el libro.


Tanto por la recopilación de fuentes y bibliografía que hace, como también el aporte mismo de la autora, este libro constituye una nueva aproximación exhaustiva y profunda del período carolingio, pero también del período medieval en general, puesto que busca la trascendencia de los elementos del imperio para la historia general de la Edad Media.


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* Joaquín Cheix Dieguez es Licenciado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Retrato de Gaius Cornelius Tacitus

Retrato de Gaius Cornelius Tacitus

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Por María Eugenia Allende*


Todo historiador está marcado por la época en la que le tocó vivir. Es hijo de su tiempo, y como tal no puede desligarse completamente del contexto que lo rodea. Su obra siempre reflejará de alguna u otra forma, su presente.


En la Antigüedad Clásica, está idea se hace aún más evidente, pues para los griegos y los romanos, la historia no era un aspecto del tiempo. Ésta y el pasado, no estaban intrínsecamente más relacionados que el presente y la historia[1]. Esta estrecha relación entre el presente y el pasado era algo característico de la historiografía clásica, y se manifiesta con fuerza en la obra de Tácito. Por eso, no podríamos comprender su obra del todo, si ignorásemos en que periodo de la historia de Roma vivió este historiador.


En esta época, la Historia tenía entre otras cosas, un fin didáctico y educativo, y no podía ser emancipada de las preocupaciones políticas y morales.[2] Esta característica se refleja en muchas de las obras de los grandes historiadores latinos. Desde Salustio que tiene como trasfondo de su relato la decadencia moral de la República; hasta Tácito, que  en el fondo lo que cubren sus obras, es una dramática narración acerca de la llegada de nuevos tiempos, a través de dolorosos acontecimientos y cambios.


Tácito encabeza la época en la que la tarea del historiador era juzgar[3]. Por esta razón, por mucho tiempo fue considerado más que nada como un juez de césares[4]. A modo de ejemplo, y para demostrar esta fama de duro juez de los caracteres de quienes regían el Imperio Romano, “Napoleón Bonaparte, en cesarea venganza contra Tácito, se referirá a él como un detractor de la humanidad”[5]. Pero la obra de Tácito es mucho más que una suma de biografías. Si fuera sólo eso, no tendría la trascendencia ni importancia que se le ha dado a lo largo de los siglos, ni tampoco sería considerado como uno de los historiadores latinos más importantes. Tácito juzga, pero sólo en la medida en que esa interpretación le sirva para la explicación de los hechos.


Su capacidad para analizar profundamente los acontecimientos que marcaban la pauta en Roma, nos da cuenta no sólo de la genialidad de su narrativa y estilo, sino además de su talento para representar dramática y vividamente esos hechos.


Esos sucesos, no sólo los describe desde el punto de vista de un observador y mero espectador, pues a él le tocó vivir gran parte de los acontecimientos que relata (por lo menos desde la época del emperador Nerón en adelante). Como testigo directo o indirecto de muchos de ellos, describe magistralmente los cambios sufridos en Roma desde los tiempos del Principado. Es un espectador que ve la profundidad de esos cambios, más allá de los simples acontecimientos. La dura sentencia, postulada en su Agrícola, acerca de la idea de que el Principado y la libertad no pueden coexistir, es un claro reflejo de lo que él pensaba de su época.


Para Tácito, después de Accio[6] nada volvería a ser lo mismo en Roma. La República, como la entendían los antiguos, o como la soñaba Cicerón, ya no existía. El inmenso imperio ya no puede mantenerse en equilibrio, ni regirse sin un gobernante único[7]. La República romana tuvo que pagar un precio muy alto por sus conquistas, señala este historiador, pues el precio de la paz fue la libertad[8]: “omnium potentiam ad unum conferri pacis interfuit” (“importó a la paz que el poder de todos se confiriese a uno solo”).


Escribir sobre el pasado a la luz del presente o de la experiencia reciente, necesariamente va unido al juicio. Es muy difícil que narremos algo que vimos o vivimos, sin darle una interpretación propia. Y la experiencia reciente de Tácito, puede haber contribuido a la recreación del drama de lo que se estaba viviendo en Roma en el siglo I d.C.[9] Cuando se leen sus obras, y en particular el libro I de las Historiae, no podemos dejar de preguntarnos, ¿qué le pasa a Tácito?, ¿por qué escribe así? Si analizamos el relato de este libro, entendemos muy bien que tenía que haber sentido al comenzar su narración. Esta obra se inicia con  los acontecimientos del año 69 d. C. Un año que bien podría ser sinónimo de caos.


Es el año de cuatro emperadores, tres guerras civiles y otras tantas guerras fuera de Roma en algunas de sus provincias. Emperadores asesinados, el ejército dividido, “un doloroso inventario de desventuras, oposiciones, oprobios, penosos silencios, envidias, persecuciones, estragos, cuyo recuerdo ha de eternizar en las Historiae[10]. Al leer este primer libro, no sólo nos enteramos de los sucesos de ese fatídico año, sino que además, vemos el trasfondo de tristeza que cubre esta obra. Y está escrito de tal forma, que hasta nosotros mismo nos sentimos espectadores de los hechos, y en los momentos de mayor drama, pareciera como si éstos revivieran delante de nosotros.[11] Escribe Tácito:


“Doy principio a una empresa llena de varios casos, de guerras atroces, de sediciones y alborotos, crueles hasta en la misma paz. Cuatro príncipes muertos    a hierro, tres guerras civiles, muchas extranjeras y las más veces mezcladas unas con otras”(…). Crueldades mayores dentro de Roma, donde la nobleza, riqueza y las honras fue delito el rehusarlas y el tenerlas, y el ser un hombre virtuoso ocasión de certísima muerte”[12].


Aquí da inicio al relato de una época muy cercana a él. Aunque no se sabe con exactitud, Tácito nació alrededor del año 55 d.C, es decir, debe haber tenido unos diez años cuando Nerón murió. Y unos catorce años aproximadamente el año 69, por lo tanto, fue un espectador absolutamente conciente de esos desastres.


Hay que ponerse en el lugar de Tácito, y pensar qué debe haber sentido un romano de aquellos años, frente a esos dramáticos acontecimientos. Pero no sólo desde el punto de vista de un romano común y corriente, pues Tácito era político y orador. Un político con una larga trayectoria, y un orador, que ve cómo el cambio de los tiempos también ha repercutido en el arte de la oratoria. Oratoria que por cierto, no ha abandonado del todo y le acompaña en su espléndida narración.


Para entender un poco más qué es lo que podría haber pensado este historiador, imaginemos por un momento, qué pasaría si en nuestro país cuatro presidentes murieran asesinados, y se desataran tres guerras civiles en un mismo año. El país estaría desconcertado, cundiría el caos, la desconfianza e inseguridad. Para una nación, pueblo e incluso también un Imperio, lo peor que podría ocurrir, sería una guerra civil. Cuando se desató en Chile la Guerra Civil de 1891, no sólo el país, sino el continente entero no podía creer que la “excepcionalidad honrosa de Hispanoamérica”, tuviera que enfrentar un conflicto de esa naturaleza. Para el país fue desastroso, y no sólo en términos políticos y económicos. Nunca en Chile se perdieron tantas vidas como en esa guerra.


Ahora, remontemos a la época de Tácito, que si bien es muy distinta de la anteriormente señalada, los parámetros de orden y paz civil, a grandes rasgos eran los mismos. No porque lo veamos como un periodo distante y lejano, debemos creer que los acontecimientos del 69 d.C. eran tenidos como normales por los espectadores y actores de la época. Y quienes vivieron de cerca esos momentos, probablemente los interpretaron como indicios de una decadencia, más que como momentos de crisis.


Unas fuertes palabras de Tácito, ponen de manifiesto como veía ese periodo: Jamás se pudo verificar mejor con estragos más atroces del pueblo romano ni con más ajustados juicios, que los dioses no tienen cuidado de nuestra seguridad, sino sólo de nuestro castigo”[13]. Con estas duras palabras, en una sola frase, nos podemos dar cuenta del ambiente que reinaba en esos momentos. No requirió Tácito de una extensa  explicación, no precisó de detalles. Con esa breve sentencia, fue capaz de decirnos mucho acerca de esos tiempos, en donde él mismo cuenta, reinaba la opresión y el asesinato.


Pero no sólo le interesa relatar los eventos, sino que además busca explicaciones, quiere profundizar en los hechos y encontrar las causas. En el libro I de las Historiae señala: “antes de escribir las cosas ofrecidas, me parece conveniente representar qué tal era el estado en que entonces se hallaba la ciudad de Roma, (…) para que no sólo se sepan los casos y sucesos de las cosas, sino también las causas y razones de ellos”[14]. Y en su búsqueda de la verdad, muchas de esas causas no las encuentra en las instituciones, sino más bien en la personalidad de los individuos, en el interior de cada persona[15]. Ahí está la verdadera explicación de los hechos y las causas de por qué están ocurriendo todo tipo de desastres en Roma.


En Roma, exhibir la vida de los personajes importantes extendió la definición de la historia, agregando la vida y carácter de los hombres famosos a los discursos y hechos. El historiador no sólo debía contar la verdad, de forma brillante y magnífica, sino también inmortalizar la virtud y la infamia, pero sobre todo la infamia.[16] Y en Tácito, esta idea se refleja claramente en su caracterización de los personajes.


Al igual que para Salustio, el tema de la virtus era fundamental. Ambos ven la decadencia de Roma más allá de las guerras. Se da cuenta de cómo se ha corrompido el poder en los soberanos, y de cómo esto ha influido en  los  mismos súbditos.


Por esta razón Tácito pone énfasis en la personalidad de los individuos, y es en ellos en quienes recae la responsabilidad de los desastres y calamidades, “de sus decisiones depende el destino del imperio. Las interacciones políticas entre emperador, tropas y senado, entre poder y carácter, son el verdadero tema”.[17] Para él, Nerón es sinónimo de vicio, decadencia y corrupción, y la causa de gran parte de los desastres que sobrevinieron después de su muerte. Cuando describe a Otón[18], por ejemplo, luego de relatar la adopción de Pisón para suceder a Galba en el poder, nos señala: “Creo que asimismo atendió Galba al bien de la república, la cual mejoraría bien poco si, quitada de manos de Nerón, venía a parar en las de Otón (…). Este había sido agradable a Nerón por la semejanza de los vicios”. Y después más adelante afirma que cuando mueren Galba y Pisón, Otón se alegra de ello. Es una descripción directa, que está íntimamente conectada con los actos cometidos por Otón.


De Galba, tras relatar su muerte, nos dice: “mayor privato visus, dum privatus fuit, et omnium consenso capax imperio, nisi imperasset”(Historias; 1,49). “Siendo siempre más que hombre particular mientras lo fue, y por consentimiento de todos, digno de imperio, si no hubiera sido emperador”. Con esta idea, que en el fondo es una caracterización indirecta, nos quiere decir que Galba tenía las condiciones para ser emperador, era digno de gobernar, si no hubiera gobernado. Esto demuestra su gran habilidad para pintar caracteres y reflejar su maestría en el uso del lenguaje, que se hace evidente, en el año de los cuatro emperadores.[19]


Frente a estas ideas, es también importante preguntarse ¿en qué sentido pone Tácito su propia estampa en la narrativa?[20] “Ninguna época trágica fue narrada y dramatizada por un genio igual de la dramaticidad histórica, en un estilo que se armonice realmente, como el suyo, a lo terrible y sombrío de los acontecimientos, a la complejidad de los hechos y de las almas”[21]. Logra recrear esos hechos, y les imprime su propio sello, pues al centrarse en los momentos de mayor drama, es capaz de transmitirlos de tal forma, que no sólo podemos imaginar perfectamente lo que estaba ocurriendo, sino que además tampoco dudamos de que lo que está relatando es exactamente como Tácito lo cuenta y que los personajes que describe, realmente son como él los retrata. El siguiente pasaje, puede ejemplificar esta idea: “los soldados romanos (…) feroces y temibles con sus armas,(…) entran furiosamente por la plaza, donde ni la vista del Capitolio, ni la religión  de los templos allí vecinos, ni el respeto de los príncipes pasados y venideros pudieron detenerlos de aquella maldad execrable[22].


Ronald Syme, en su libro sobre Tácito, señala que las leyes fundamentales de la historia son la veracidad y la honestidad. Pero la historia también requiere de un estilo y composición adecuados, pues no es suficiente con hacer un recuento de los eventos. Éstos deben ser interpretados y juzgados con elocuencia[23], ya que para poder expresar con precisión y claridad lo que queremos transmitir, esto es fundamental. Solo quienes logran una narrativa clara y un estilo que se entienda y convenza, consiguen que lo que quisieron expresar perdure en el tiempo. Por eso los historiadores no sólo deben conocer los hechos, sino que además deben saber transmitirlos. Y Tácito logra esto de manera magistral. Por su estilo preciso, caracterizado por su rapidez, brevedad, y por el talento de decir mucho en muy pocas palabras, junto con una gran genialidad narrativa, es que le creemos.


Tácito destaca sobre todo, por su poder y esplendor al retratar las escenas históricas[24]. Logra una gran fuerza dramática, que se puede constatar claramente en las Historiae y en su relato del año 69 d.C. “La tragedia del año de los cuatro emperadores es escenificada con teatralidad. Pero las acentuaciones artísticas no son fines en sí mismas, sino que están al servicio de la representación de la realidad”[25]. Y sin duda alguna, una de las experiencias importantes en su vida, fue ese año. No sabemos hasta qué punto le afectó el desastre del año 69 d.C. a la hora de escribir su obra, pero sí podemos afirmar que esta crisis, influyó en su manera de ver la época que estaba viviendo Roma.


***


* María Eugenia Allende es estudiante de Licenciatura en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.



[1] Charles Fornara, “The Nature of History in the Ancient Greece and Rome”, (University of California Press, 1983), pág. 91

[2] Ronald Syme, “Tacitus”, (Oxford University Press), 1958), vol. I, pág. 156.

[3] Charles Fornara, “The Nature of History in the Ancient Greece and Rome”, (University of California Press, 1983), pág. 91

[4] En los Annales escribe la vida de los césares desde la muerte de Augusto a la de Nerón, y las Historiae, desde Galba a Domiciano.

[5]Ettore Bignone, “Historia de la Literatura Latina”,(Editorial Losada, Buenos Aires, 1952), pág. 430

[6] Accio: batalla naval entre las flotas de Marco Antonio y Octavio (más tarde César Augusto), en donde éste último, obtuvo la victoria definitiva (31 a.C.)

[7] Ettore Bignone, “Historia de la Literatura Latina”,(Editorial Losada, Buenos Aires, 1952), pág. 440

[8] Aquí el concepto de libertad es entendido en el sentido de libertad de expresión, cuestión que para un orador como Tácito, era de suma importancia. Para él, esta restricción de la libertad era signo de nuevos tiempos y profundos cambios.

[9] Ronald Syme, “Tacitus”, (Oxford University Press), 1958), vol. I,  pág. 176

[10] Ettore Bignone, “Historia de la Literatura Latina”,(Editorial Losada, Buenos Aires, 1952), pág. 427

[11] Al respecto, Ronald Syme señala: “when an audience listened to the recitation of Book I of the Historiae, scene, persons, and events leapt into life, startling and terrifying”. Ronald Syme, “Tacitus”, (Oxford University Press), 1958), vol. I, pág. 150

[12] Tácito, Historias, ( Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1980), libro I, pág. 12

[13] Tácito, Historias, ( Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1980), libro I,  pág. 13

[14] Tácito, Historias, ( Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1980), libro I, pág. 12

[15] Michael von Albrecht,“Historia de la Literatura Romana”,(Editorial Herder,1999), vol. II pág. 1029

[16] Charles Fornara, “The Nature of History in the Ancient Greece and Rome”, (University of California Press, 1983), pág. 99

[17] Michael von Albrecht,“Historia de la Literatura Romana”,(Editorial Herder,1999), vol. II, pág. 1029, pág. 1040

[18] Responsable de la muerte del emperador Galba y Pisón y de la posterior guerra civil, al ver frustrado su deseo de suceder a Galba en el poder.

[19] Ronald Martin, “Tacitus”, (B.T Batsford Ltd, 1989), pág. 101

[20] Ronald Martin, “Tacitus”, (B.T Batsford Ltd, 1989), pág. 96

[21] Ettore Bignone, “Historia de la Literatura Latina”,(Editorial Losada, Buenos Aires, 1952),  pág. 444

[22] Tácito, Historias, ( Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1980), libro I, pág. 33

[23] Ronald Syme, “Tacitus”, (Oxford University Press), 1958), vol. I, pág. 132

[24] Ronald Syme, “Tacitus”, (Oxford University Press), 1958), vol. I, pág. 194

[25] Michael Von Albrecht, “Historia de la Literatura Latina”, (Editorial Herder,1999), vol. II, pág. 1024

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